top of page

Crónica de luces derrotadas

  • Foto del escritor: Francisco Vallenilla
    Francisco Vallenilla
  • 24 feb
  • 12 Min. de lectura

Actualizado: 3 may

Melancolía de la resistencia, de László Krasznahorkai

En el innombrado pueblo húngaro donde se desarrollaron los hechos evocados en Melancolía de la resistencia (1989), de László Krasznahorkai, el cielo era como una plancha de metal y hacía un frío cortante de hasta menos veinte grados; unas heladas sin precedentes para un comienzo de diciembre y que resultaban más extrañas aún porque no nevaba. Lo inusual del clima no era lo único ajeno al orden en que siempre habían sucedido las cosas. Los trenes tenían horarios errátiles. La torre de agua se había puesto a oscilar y escaseaba la gasolina y el carbón. El reloj de la iglesia, por décadas dañado, comenzó a funcionar de repente, mientras que las escuelas y oficinas estaban casi paralizadas. Un álamo se había caído sin que mediara ningún vendaval y era incierto el abastecimiento de alimentos y medicinas. Las tiendas, casi todas cerradas y la basura cubría como un espantoso manto congelado las calles y aceras oscuras. Todo estaba trastocado en esa localidad, cuya vitalidad solo parecían encarnarla manadas de gatos, gordos y salvajes, que hurgaban en los desperdicios. Los pocos miles de pobladores, ignorantes de las causas del terrible viraje, asistían resignados a la destrucción y sentían cómo la imprevisibilidad cotidiana era fuente de una nerviosa tristeza. Presas de una sensación de fin de los tiempos, no les hubiera sorprendido ver, de pronto, luego de un toque de trompeta, cómo se abre un abismo para dejar salir un humo muy denso, seguido por un enjambre de langostas que cubriría todos los campos. Tampoco presenciar a una mujer cabalgando por la calle principal sobre una bestia rojiza de siete cabezas y diez cuernos, vestida ella también de tonalidades escarlata y con una copa de oro en la mano.

 

Para lo que no estaban preparados era para la llegada de algo más escalofriante: un circo con una ballena. A fin de cuentas, lo monstruoso podrían haberlo asumido como en la Antigüedad —representa lo impropio, lo que habita en los márgenes del mundo—, o en la Edad Media —es la forma simbólica de peligros, vicios, pasiones…—: en uno u otro caso, solo les habría generado repugnancia o condena y un vago temor, pero no angustia. O les hubiera bastado con recordar el último libro de la Biblia y confiar en la revelación de que el mal será derrotado y seguirán mil años de paz. Pero en las circunstancias extraordinarias en que vivían no encajaba la normalidad de un espectáculo circense y menos en cuanto que el estrambótico vagón donde alojaban el cadáver del cetáceo era acompañado por una multitud silenciosa, como magnetizada, de gente de fuera. Esa combinación destrozaba la coherencia de sus experiencias, haciéndoles respirar el aire asfixiante de lo que, a la vez, es familiar y desconocido.

 

Sin embargo, en ese paisaje de caos y disolución, en el que ahora se encontraban enfrentados a lo siniestro —en el sentido que usó Freud el término: aquello extraño y sin embargo próximo que produce un constante e inexplicable desasosiego, según el filósofo español Vicente Serrano (Soñando monstruos. Terror y delirio en la modernidad, 2010)—, no todos estaban sobrepasados por los inusitados hechos. La señora Pflaum, que venía de sufrir por el retraso del ferrocarril y tuvo que viajar en un vagón atestado de campesinos, en el que creyó que casi la violaban, se preguntó si de lo que se trataba era de que todo ya daba igual o si había alguien divirtiéndose con la confusión. Pero no profundizó en esta reflexión y pasó a prepararse para un cautiverio voluntario. Pensaba recluirse en su apartamento hasta que toda esa gentuza del circo, ahora concentrada en la plaza del Mercado, abandonara el pueblo y la sobria moderación rigiera de nuevo. El lugar de ellos era allá, lejos de una realidad justa y pacífica donde los afuerinos no tenían cabida. Mientras se marchaban, la señora Pflaum, una acumuladora que hoy sería partidaria de Hermanos de Italia, Vox o Fidesz, no saldría a la calle; su alacena estaba repleta de alimentos y en su casa, rodeada de los cientos de bagatelas en las que encontró el consuelo para su doble viudez, podía tener paz y tranquilidad. Por su hijo, János Veluska, no se preocuparía, hacía tiempo que echó a la calle a ese retoño chiflado del degenerado y alcohólico de su primer marido.

“Toda sustancia es como un mundo entero y como un espejo de Dios o bien de todo el universo, que cada una expresa a su manera, de modo análogo a como una misma ciudad es representada de distinto modo según las diferentes situaciones de quien la contempla”

Veluska era, en efecto, el loco del pueblo. A sus treinta y cinco años, recorría las calles de forma incansable, como un propietario su hacienda, y aunque no tuviera que llevar ninguna carta ni entregar los periódicos atrasados, pues la edición del día siempre se quedaba atascada en algún sitio, se le podía ver a toda hora en su andar, con el abrigo azul y el bolso de cartero golpeándole el costado. “Sin ninguna emoción ni interés personal, reaccionaba con una incomprensión triste, en cierta medida, ante los sucesos humanos que poco a poco iban fluyendo a su alrededor”. Su ligero pesar derivaba de la imposibilidad de transmitir a los demás su profundo conocimiento de las cosas. Él veía el mundo de manera confusa, pero su saber estaba referido a una totalidad mayor e intuía que el temor de los vecinos no respondía a la certeza de que en verdad ocurriría una catástrofe, sino a una “enfermedad consuntiva de la imaginación que se asustaba a sí misma, enfermedad que al fin y al cabo sí podía provocar una desgracia”.

 

Pese al techo perenne de nubes, que hurtaba la visión del magnífico firmamento, Veluska no dejaba de maravillarse por ser uno con el cosmos y ese era su tema favorito. Todas las noches, en el bar Péfeffer y Co., llegaba el momento de escenificar la armonía del movimiento de los astros, con Veluska dirigiendo a los habituales del local que hacían de sol, de tierra y de luna mientras discurseaba sobre las trayectorias perfectas de los cuerpos celestes, que constituían una unidad junto con todo lo creado por Dios. Los borrachos,  de pie formando un corro, consentían seguirle el juego al inofensivo idiota, aunque en el fondo opinaban que era preferible mirar la botella en vez de las estrellas, más aún en esas semanas de justificada inquietud. De preferencia que no hubiera ningún cambio, pensaban, pues tenían por ley que reformas, transformaciones y mudanzas son sinónimos de empeoramiento, pero si la desgracia era inevitable, como las aciagas señales advertían, mejor esperarla entre las brumas de la semiinconsciencia.

 

A Veluska uno lo ve como un extraviado discípulo de Leibniz, quien postuló en el siglo XVII la existencia de la armonía universal, según la cual todo está vinculado con todo: “Toda sustancia es como un mundo entero y como un espejo de Dios o bien de todo el universo, que cada una expresa a su manera, de modo análogo a como una misma ciudad es representada de distinto modo según las diferentes situaciones de quien la contempla. Así, el universo está en cierto modo multiplicado tantas veces como sustancias hay. Expresa, en efecto aunque confusamente, todo lo que sucede en el universo, pasado, presente o futuro, lo cual tiene alguna semejanza con una percepción o conocimiento infinito”.

 

Desde luego que Veluska no podría haberlo expuesto como lo escribió Leibniz en su Discurso de metafísica (1686) y menos extenderse en el optimismo metafísico del filósofo alemán para explicarles por qué, pese a las muchas calamidades que soportaban, el suyo era el mejor de los mundos posibles. Dios —les habría dicho— siempre obra con vistas al mayor bien. En su omnipotencia, hubiera podido crear cualquier otro mundo, pero moralmente hablando solo podía crear este. Ante la conocida objeción de que guerras, miserias, asesinatos y enfermedades, o el malvado estropicio que reinaba en el pueblo, deberían bastar para desmentir que el buen Dios se hubiese decantado por lo óptimo, Veluska les habría explicado —como Leibniz en su Teodicea, 1710— que  “nosotros, que derivamos todo ser de Dios, ¿dónde encontraremos la fuente del mal? La respuesta es que ha de buscarse en la naturaleza ideal de la criatura, en cuanto que esa naturaleza está contenida en las verdades eternas que están en el entendimiento de Dios independientemente de su voluntad. Porque tenemos que considerar que hay una imperfección original en la criatura antes del pecado, porque la criatura es limitada en su esencia. De ahí se sigue que no puede saberlo todo, y que puede engañarse y cometer otros errores”.

 

El origen último del mal se encuentra, pues, en la imperfección esencial de la criatura, resumiría Veluska. Si todavía le hubieran replicado que cómo no iba Dios a ser responsable, incluso en ese caso, si fue Él quien creó a seres limitados e imperfectos, el cartero leibniziano habría sostenido que, de cualquier modo, es preferible la existencia a la no existencia. Además, explicaría, no se trata de afirmar que todo está bien en el estado actual, de decir que se encuentran en el punto insuperable del mejor mundo posible, pues es sabido que es tarea humana el progresar constantemente para hacer abundantes el bien y la justicia. El optimismo metafísico —Dios creó el mejor de los mundos posibles— no equivale al optimismo moral, sería su sentencia de cierre.

 

No había en el Péfeffer y Co. ningún voltariano que ridiculizara las tesis de Leibniz, así que

la puesta en escena concluía por el cansancio de quienes rotaban y el aburrimiento del resto: los trastabillantes actores y espectadores tornaban a la seguridad de sus sillas para continuar con sus incoherencias y bromas de siempre, mientras el señor Hagelmayer, dueño del bar, brindaba un trago al hijo de la señora Pflaum.

 “Solo somos los miserables sujetos de un pequeño fracaso en esta creación aparentemente deslumbrante y que, por tanto, toda la historia humana (…) no es más que la fanfarronería barata de este estúpido, sanguinario y desdichado paria en el rincón más apartado de un escenario inabarcable”

Veluska gozaba de más receptividad en la avenida Báro Béla Wenckheim, en la casa de György Eszter. Verdad que su auditorio se limitaba allí a una sola persona, pero Eszter no era cualquiera, sino el ilustre del pueblo. Se había jubilado de la dirección del conservatorio de música y renunció a sus otras responsabilidades públicas aduciendo problemas vertebrales, pero la suya era “la retirada planificada de la lamentable estupidez de la llamada historia humana”. En su repliegue incluyó a su esposa, a quien pidió que abandonara la casa. No sabía cómo había aguantado tantos años al lado de aquella mujer idiota, fría y vulgar, que tenía un afán patológico de poder y era “una auténtica miliciana que solo conocía un ritmo, el de la marcha, y una única melodía, el toque de diana”. Desde entonces, no había salido nunca más a la calle. Sus días transcurrían sobre la cama francesa que, despojada de adornos, hizo mover al salón. Con la extrema delgadez y debilidad, su cuerpo protestaba por la prisión de almohadas y cojines, una rebeldía que no menguaba su fortaleza anímica: Eszter, prolijo en el vestir y en su higiene personal, no cejaba de reflexionar.

 

Cada mañana, la señora de la limpieza le informaba de las novedades que confirmaban la debacle infernal que los envolvía y Eszter no dudaba ni un instante que el relato fuera cierto. Desde su atalaya, él lo intuía: lo que presenciaban era el fin “definitivo de la racionalidad”. Para el gran músico, resultaba superfluo que ocurriera un terremoto o se desatara un gran fuego, pues todo se vendría abajo por sí solo para que todo empezara de nuevo, dentro de la eterna alternabilidad de ascensos y caídas que no respondía a ningún plan concreto, sino al frío mecanismo. Eszter consideraba preferible contentarse con la irrefutable verdad de que “solo somos los miserables sujetos de un pequeño fracaso en esta creación aparentemente deslumbrante y que, por tanto, toda la historia humana (…) no es más que la fanfarronería barata de este estúpido, sanguinario y desdichado paria en el rincón más apartado de un escenario inabarcable”; una criatura que, por otra parte, “no ha resultado muy espléndida que digamos”. “Al mismo tiempo (…) ya no me extraña en absoluto que nuestros célebres eruditos, héroes infatigables del error permanente, se curaran, para su desgracia, del hábito de recurrir a la metáfora de Dios y contemplen esta historia empobrecedora como si fuese un paseo triunfal, el triunfo del ‘espíritu y la voluntad’ sobre la naturaleza (…) hasta el día de hoy no acabo de entender por qué nos alegra tanto haber bajado del árbol”.

 

Todo esto se lo hacía escuchar a Veluska, quien desde hacía ocho años acudía a la casa dos veces al día para llevarle la comida del hotel Komló. A su vez, oía con atención la inacabable historia del asombro cósmico de su tartamudeante interlocutor, sobre la cual había renunciado a opinar para no ofender la cándida imaginación de Veluska. Para los otros, era un loco, pero Eszter lo estimaba como un ser de una incorruptibilidad y bondad desconcertantes, una presencia angelical en medio de las circunstancias de devastación general y profunda degeneración.

 

Esa vez lo notó más vacilante que de costumbre, hasta que supo el porqué del temblor acusado de las manos y la huida acentuada de la mirada: era el portador de un ultimátum de la señora Eszter, líder de una instancia marginal del gobierno municipal, quien lo amenazaba con volver a la casa si él no salía a la calle y colocaba todo su prestigio al frente de la operación Patio limpio. Casa ordenada. Veluska, liberado del peso del mensaje, atinó a pensar que la salida del músico sería también una liberación, pues se removerían las cataratas de su negra visión del mundo. Confiaba en que vería “el orden indisoluble, un poder hermoso e inconmensurable que acogía en una totalidad única y serena la vida fugaz e interdependiente de peatones y navegantes, de habitantes de continentes y mares, del cielo, de la tierra y del aire (…) entendería por fin que la ataduras irrompibles que lo ligaban al mundo no eran cadenas ni condenas, sino la persistencia inextirpable de tener un hogar; y encontraría también la maravillosa alegría inherente al hecho de participar, de cooperar y de estar rodeado por todo: por la lluvia, el viento, el sol y la nieve, por el vuelo de un pájaro, por el sabor de una fruta, por el perfume de un prado”.

... a Eszter la profundidad y tamaño del descalabro le hicieron reconocer “que no entendía, que no podía luchar contra las dimensiones de la decadencia, pero sin darse cuenta (…) de que precisamente lo que hacía, la coronación de su impotencia espiritual, por así decirlo, era la verdadera quiebra”

Si no lo aniquilaba la atmósfera degradada del exterior, lo haría con seguridad la convivencia con la chabacana de su esposa. Eszter optó por aventurarse más allá del portal, pero no vio belleza, sino los primeros destrozos ocasionados por la multitud del circo que, dividida en bandas de veinte o treinta hombres, recorría el pueblo en una noche de saqueos y asesinatos. Luego de sembrar la idea de la limpieza en un trío de vecinos y de delegar en ellos el liderazgo de la campaña, el músico regresó para tapiar las ventanas y aguardar el retorno de Veluska: en la casa de la avenida Báro Béla Wenckheim ambos se protegerían del desmadre final. El retraso del cartero lo animaría a una nueva salida, mientras el hijo de la señora Pflaum, sin quererlo, formaría parte de uno de los grupos destructores y sería buscado por el ejército, encargado de restablecer el orden.

 

La acción destructora se extendía sin un fin aparente. Las hordas arrasaban una tienda o mataban a alguien y continuaban hacia el local siguiente y otra víctima, como impulsadas por una voluntad ciega que persigue una satisfacción imposible y solo se detendrá cuando ya no encuentre más que destruir. Desde el centro de esa desintegradora tendencia infinita, Veluska comprendió que había vivido con los ojos cerrados y, al abrirlos, el universo alegre no se hallaba en ningún lugar. “Quien crea que el mundo se sostiene por obra y gracia de lo bueno y de lo bello, querido amigo, pronto estará perdido”, le había advertido Eszter, pero, hasta esa noche, él había desestimado sus sabias palabras. Lo suyo había sido una ilusión vergonzosa, que lo arrastró a los márgenes de la chifladura y le ocultó la verdadera cara de las cosas. Entretanto, a Eszter la profundidad y tamaño del descalabro le hicieron reconocer “que no entendía, que no podía luchar contra las dimensiones de la decadencia, pero sin darse cuenta (…) de que precisamente lo que hacía, la coronación de su impotencia espiritual, por así decirlo, era la verdadera quiebra”. Había creído que muy en el fondo el mundo tenía algo de bueno, pero se engañaba: “No estaba organizado para ello ni tampoco para otra cosa (…) no es que se hubiera desintegrado ni que se hubiera podrido, pues a su manera era eternamente perfecto, perfecto sin ningún sentido teleológico, como algo que no tiene orden, sino caos”. Así que Eszter renunció a su refugio del pensamiento claro y libre; tras décadas de aspirar a la transparencia y la lógica, comprendió que “la razón no era una dolorosa carencia del mundo, sino parte de este, hasta el punto de ser su sombra”. Él, por su parte, se liberaba de la pasión autodestructiva de la reflexión.

 

Mientras Veluska experimentaba la transformación de Cándido, pasando de su inocente credulidad en un universo armónico y bello a una apreciación realista del decorado ruinoso del pueblo, y György Eszter abominaba del hombre como ser reflexivo fundante del único conocimiento válido —sueño desacreditado de la modernidad—, la señora Eszter veía cómo los hechos encajaban dócilmente en el plan que había trazado. Disfrutaba del frío cortante y paseaba su global figura sin prestar atención a las habladurías sobre su pasado escandaloso, su moral licenciosa y su confusa situación familiar. Vestida siempre con muy mal gusto, arrogante y maleducada, la esposa del insigne músico fue la única persona que supo ver en el desastre un punto de partida. Su marido podía perorar todo lo que quisiera sobre la accidentada conexión entre aquello que —porque existe— opone resistencia y aquello que —para ser— tiende a vencer la resistencia, pero solo ella supo sacar provecho de esa tensión: “… lo más importante era no ‘dejarse engañar’ por la ilusión siempre destructiva de que ‘todo estaba dirigido por el llamado buen Dios o por la moral ni, claro está, por la buena voluntad’”. Todo es mentira y engaño: vaya estupidez eso de la belleza, la compasión y el bien inherente al ser humano, pensaba desde su recién estrenado despacho de la secretaría municipal.

 

Comentarios recientes

bottom of page