Ravensbrück funcionó a unos 90 kilómetros de Berlín, cerca de las residencias veraniegas del pueblo de Fürstenberg, en un entorno de lagos y bosques. Es uno de los campos olvidados, aunque allí perecieron entre treinta mil y cuarenta mil personas, y fue único por estar dedicado a la encarcelación de mujeres. “Así como Auschwitz fue la capital del crimen contra los judíos, Ravensbrück fue la capital del crimen contra las mujeres. Estamos hablando de crímenes específicos de género, como abortos forzados, esterilización, prostitución forzada”, declaró a la BBC Sarah Helm, periodista británica, en 2015, al publicarse su libro If This Is a Woman: Inside Ravensbruck: Hitler's Concentration Camp for Women. “Feld-Hure” (puta de campo) les tatuaban en el pecho y debían coser el triángulo negro invertido en sus ropas, que en la clasificación de los reclusos del Konzentrationslager identificaba a lesbianas y prostitutas. Con una simple mirada, un guardia de los campos de concentración sabía por qué estaba allí cualquier indeseable: judío (amarillo), prisionero político (rojo), gitano (marrón), testigo de Jehová (púrpura), homosexual (rosa), extranjero (azul) o delincuente común (verde).
En Las hermosas (2025), la escritora letona Inga Gaile no menciona que a Violetta la hayan tatuado ni hace referencia a los triángulos, pero muestra el resultado que buscaban los nazis al transportar a los presos en vagones de ganado y desnudarlos, raparlos y marcarlos con un número al llegar, someterlos al hambre extrema y negarles una higiene decente, obligarlos a realizar tareas repetitivas sin sentido, como llevar piedras de un lugar a otro y luego cargarlas otra vez de vuelta: anular la identidad personal y la conciencia moral de los prisioneros para convertirlos en una masa de seres superfluos e intercambiables, piojosos y enfermos, de los que había que deshacerse.