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Sustitución de lugares

  • Foto del escritor: Francisco Vallenilla
    Francisco Vallenilla
  • 20 ene
  • 13 Min. de lectura

Actualizado: 15 feb

El libro de las ilusiones, de Paul Auster, y novelas de Yiyun Li y Pascal Quignard

David Zimmer, profesor de literatura comparada en la Universidad de Hampton, Vermont, estuvo hecho polvo. Se tomaba media botella de whisky cada noche y apenas si se había contenido al pensar en pastillas para dormir o en el monóxido de carbono. “Las pastillas estaban en el botiquín, y ya había cogido el frasco del estante en tres o cuatro ocasiones; ya había tenido unas cuantas en la mano…”: a una semana para celebrar el décimo aniversario de su matrimonio, Helen, su esposa, de treinta y seis años; Todd, su hijo de siete, y Marco, de cuatro, perecieron en un accidente aéreo. “Cuando no estaba borracho o tirado en el sofá del salón viendo televisión, deambulaba por la casa (…) Así se esfumaban las horas, días enteros fundidos en el olvido, y cuando no podía soportarlo más, volvía al salón y me ponía otra copa”.

 

El lector de El libro de las ilusiones (2002), de Paul Auster, conoce a Zimmer mucho tiempo después de la pérdida indescriptible que le hizo extraviarse en un páramo oscuro y de suelo de agujas, sin que la profunda tristeza y la lástima que sentía por sí mismo se disiparan en la niebla alcohólica. “Si la situación se hubiera prolongado por más tiempo, dudo que hubiese tenido fuerzas para resistir”, recuerda ahora. Helen, Todd y Marco, aunque inolvidables, ya no son memoria punzante, y Zimmer, con su aflicción amorosamente atenuada, puede evocar su sufrimiento de aquel entonces para contar cómo fue rescatado por un hombre a quien todos daban por muerto y de quien él no tenía mínima idea hasta que vio en televisión, por casualidad, durante una de sus inútiles luchas contra el animal furioso que le masticaba el corazón, un documental sobre el cine mudo estadounidense.

 

Por más que no se sepa mucho de esa época cinematográfica, por supuesto que a cualquiera le sonarán Chaplin o Keaton. Pero no fue ninguno de los famosos el que sacudió la indiferencia existencial de Zimmer al provocarle una reacción desterrada de su repertorio anímico. El actor se llamaba Hector Mann y había protagonizado solo doce comedias; desapareció a los dos días de estrenarse la última de ellas, Doble o nada, en noviembre de 1928. Desde entonces, había corrido toda clase de rumores sobre Mann y aunque nunca se encontró su cuerpo, se daba por descontado que estaba muerto. Por décadas, su legado se redujo a tres filmes; los otros, como gran parte de la producción de aquellos años, fueron destruidos, abandonados en un sótano o arrojados a la basura en medio del embeleso por el cine sonoro. Sin embargo, a comienzos de la década de 1980, diversas cinematecas y museos audiovisuales en Europa y Estados Unidos comenzaron a recibir copias de las películas de Mann, enviadas por un remitente anónimo desde varias ciudades estadounidenses. En el lapso de tres años, la docena de películas en las que aparecía Mann, cuyo bigote —“filamento agitado de ansiedades, comba de saltos metafísicos, trémula hebra de azoramiento”— hacía reír y era la clave para que el actor “dijera” lo que estaba pensando, estuvo de nuevo disponible.

 

Abatido por la ausencia irrevocable de su esposa e hijos, Zimmer había optado por la bebida antes que por buscar ayuda profesional o evadirse mediante jornadas extenuantes de trabajo, y nada parecía capaz de apartarlo de su trayectoria de autodestrucción. Pero, a veces, la salida del más profundo abismo comienza por un minúsculo gesto —levantarse y cepillarse los dientes, abrir la ventana para airear la habitación—, que en su caso fue reírse. Si había risa dentro de él, entonces no era nada más que muerte lo que le quedaba en el mundo. Era una constatación clave, aunque su potencial se revelaría más tarde, cuando, a los meses, Zimmer se planteó que podía hacer algo más que donar la ingente cantidad de dinero del seguro de vida de Helen y el procedente de la indemnización de la aerolínea. Era un dinero nauseabundo, producto de la muerte de seres humanos, y Zimmer no hallaba qué hacer con esa riqueza. Había, entre otras iniciativas, aportado los recursos para crear la Beca de Viaje Helen Markham, que se otorgaría al estudiante de Letras en Hampton que se graduara summa cum laude, y entonces se planteó que también él podría viajar. “Por desesperado e infeliz que me sintiese, también era un hombre libre, y como tenía una fortuna en el bolsillo, podía dictar las condiciones de esa libertad según me conviniera”. Podía, por ejemplo, visitar las ciudades europeas y de su propio país para ver las películas de Mann y hasta escribir un libro sobre su filmografía, que fue lo que acabó haciendo.  Aunque autor de varios libros, Zimmer no era crítico de cine y lo más probable era que el texto de un aficionado —o ni siquiera eso— sobre una figura menor del cine mudo no tuviera ninguna repercusión. “No me pregunté si valía la pena hacer todo aquello. Tenía un trabajo que hacer, y lo único que me importaba era seguir adelante y dedicarme a terminarlo”. El proyecto se convirtió en su obsesión y lo finalizó en nueve meses; después de todo, no tenía nada más que hacer sino concentrarse en una sola cosa y confiar en que siendo un monomaníaco podría seguir viviendo.

 

El silencioso mundo de Hector Mann fue publicado por la Universidad de Pensilvania y al poco tiempo, cuando ya habían aparecido algunas reseñas en revistas cinematográficas, Zimmer recibió una carta firmada por una Frieda Spelling, quien se presentaba como “Sra. de Hector Mann” y lo invitaba a visitarlos en su rancho de Albuquerque, Nuevo México: Hector había leído su libro y le encantaría conocerlo. El actor nació en 1900 y no sería la primera persona en vivir casi noventa años, pero a Zimmer todo le sonaba muy descabellado y, al no poder comprobar la veracidad de lo escrito por la tal Spelling, se olvidó del asunto. En su lugar, se enfocó en la traducción de las voluminosas memorias de Chateaubriand, a pedido de un viejo amigo que recién había asumido la dirección de una colección de clásicos literarios: “Solo era alguien que fingía estar vivo, un muerto que pasaba el tiempo traduciendo el libro de un muerto”.

 

Sin embargo, es sabido que si algo puede permitirse la realidad es ser increíble, y ahí estaba para demostrarlo Alma Ground, hija del viejo cámara de Mann, en la sala de su casa, apuntándole con un revólver para que aceptara viajar a Nuevo México: Frieda Spelling no contestó sus cartas porque Hector había sufrido una caída, se fracturó una pierna y varias costillas, y estando en el hospital tuvo un infarto, y cuando todo ya parecía ir mejor, le dio neumonía: ¿cómo iba a tener cabeza para escribirle y despejar sus dudas? “Cuando Alma Grund sacó el revólver y me apuntó al pecho, llegué a sentir menos miedo que fascinación. Comprendí que las balas de aquella arma contenían una idea que nunca se me había ocurrido. El mundo estaba lleno de pequeñas cavidades, aberturas sin sentido, vacíos microscópicos que la mente podía cruzar, y una vez que se estaba al otro lado de esos huecos, uno se liberaba de sí mismo, se liberaba de la vida, se liberaba de la muerte, se liberaba de todo lo que le pertenecía”. El fogonazo redentor no lo produjo Alma, sino algo que se movió en el interior de Zimmer cuando la vio caminar hacia el baño después de superados los minutos de tensión. Hector lo había salvado una vez al hacerlo reír y ahora reaparecía de forma dramática para otro rescate, acaso definitivo, o eso al menos fue lo que sintió Zimmer antes de que el desenlace en el rancho del actor, a donde viajaron juntos el día siguiente, le convencieran de que el mundo era una ilusión que había que reinventar todos los días.

“La huida, como búsqueda de la felicidad, no puede ser nunca una trayectoria rígida. Eso iría en contra de su esencia felicitaria. La huida se puede interrumpir, abandonar, reorientar. La huida es esencialmente maleable”

De lo vivido por Hector tras su desaparición en 1928, cómo conoció a Frieda y qué hizo durante décadas en Nuevo México, se enteró Zimmer por Alma, quien estaba escribiendo la biografía del actor. De lo que sucedió en el rancho luego de que él se entrevistara brevemente con Hector, lo supo por sí mismo, una parte, otra se la contó Alma en una extensa carta y el resto tuvo que suponerlo porque ya no estaba ninguno de los protagonistas. En cualquier caso, la historia que escribe Zimmer a sus cincuenta y un años y tras dos infartos cardíacos solo se publicará después de su muerte, como ha estipulado en su testamento. Nadie se enterará de nada hasta que su propia huida haya finalizado.

 

La de Zimmer es una huida que encaja en la tercera conducta comprendida por este término, según la clasificación del jurista y escritor español Antonio Pau (Teoría y práctica de la huida del mundo, 2019). Se huye, en primer término, de un peligro actual, presente; es una respuesta instintiva, común a humanos y animales. Se huye, también, de una amenaza inminente o próxima, como la gente que abandona una ciudad por un riesgo de inundación o los animales que poseen cierta percepción de futuro, muy limitada pero suficiente para apartarse antes de que la amenaza sea evidente. “La tercera es la huida de un entorno hostil (…) Es completamente distinta de las anteriores. Tanto, que la primera definición que recoge el diccionario —‘alejarse deprisa, por miedo o por otro motivo, de personas, animales o cosas, para evitar un daño, disgusto o molestia’— vale para las dos primeras huidas, pero no para esta. Esta aparece definida después: ‘Apartarse de algo malo o perjudicial’”.

 

Pau anota que en esta última definición desaparece la exigencia de que se huye “deprisa”, pero la diferencia fundamental con las dos anteriores “radica en que esta huida produce felicidad”. La vida del fugitivo se ensancha y su corazón late con alegría. “Ha tenido el valor de huir, y es feliz”. Son afirmaciones que solo resultan aceptables luego, cuando el autor las reitera sin implicar que huir, per se, sea una garantía de felicidad: “La huida, como búsqueda de la felicidad, no puede ser nunca una trayectoria rígida. Eso iría en contra de su esencia felicitaria. La huida se puede interrumpir, abandonar, reorientar. La huida es esencialmente maleable”. Felicidad es asimismo un término problemático, pero basta con sustituirlo por sosiego para mantener a Zimmer dentro del patrón de conducta descrito. Sabía que los viajes, el libro sobre Mann y la traducción de Chateaubriand no le devolverían el tiempo de felicidad vivido con Helen, Todd y Marco, a lo más que aspiraba era a no sucumbir del todo por su cataclismo interior. Incluso, cuando imaginó su vida al lado de Alma, no soñó con poder ser feliz de nuevo, retornar a un estado siquiera semejante al de la temporalidad compartida con su esposa e hijos, sino con la calma suficiente para amar a la mujer que lo había traído de entre los muertos.

“Poder arrancar en cualquier momento unas raíces que apenas han prendido, poder irse sin que nadie lo note o te eche de menos…”

Los personajes de Más generoso que la soledad (2016), de Yiyun Li, también huyen, pero en ellos el impulso para huir no está engendrado por el entorno, como en el caso de Zimmer, sino que parte más de los propios sujetos. Se encuentra latente dentro de cada uno antes de que las circunstancias contribuyan a su conversión en acto.

 

Boyang, Moran y Ruyu son unos adolescentes en el Beijing de 1989. Los dos primeros se conocen desde niños y la tercera, huérfana, llega a la capital procedente de una ciudad del interior del país, enviada por las dos tías abuelas que la criaron para que curse sus estudios de secundaria. La presencia de Ruyu amenaza la armonía entre Boyang y Moran, configurando un triángulo tenso, siempre en riesgo de explotar, que además debe soportar la fuerza centrífuga representada por Shaoai, mayor que ellos, militante de las protestas contra el Gobierno chino e hija de la pareja que acoge en su casa a la muchacha provinciana. Será Shaoai, sin embargo, el vínculo perdurable e invisible entre los tres cuando, poco tiempo después, la trinidad se deshaga entre las brumas del enigma planteado por el envenenamiento de Shaoai. Si alguien ha intentado matarla o ella ha procurado suicidarse es una incógnita que estremece el patio donde viven, uno de esos lugares donde todas las familias son como una sola y la solidaridad, la compasión y la igualdad entre sus miembros es una realidad natural. Los padres de Shaoai se mudan; Ruyu se aloja en el instituto donde estudia; Boyang, que ha vivido con con su abuela, regresa con su mamá y papá…

 

A Ruyu sus tías abuelas le inculcaron que no hay nada más importante que servir a Dios y que su fe no puede decaer pese a la hostilidad del ateísmo imperante. Ella debe mantenerse ajena a las tentaciones mundanas y no olvidar nunca que cualquier emoción es una señal de la arrogancia humana. Cuando llega a Beijing, Ruyu aún cree que está destinada a un destino superior, que de momento es indescifrable para ella misma y, sobre todo, para quienes la rodean. Pero su actitud, hacia los demás y hacia el mundo en general, no es la que cabría esperar de una creyente, sino algo más propio de una nihilista y, por momentos, la de alguien con una personalidad psicótica. A ella, por ejemplo, la música no le gusta o deja de gustar, ya que el aprecio u odio por cualquier cosa le parece irrelevante; lo mismo opina de los lugares: cualquiera es igual a otro: solo un punto donde descansar en la migración personal del principio al fin. A Shaoai la enervan su soberbia y la indiferencia hacia el acontecer político; a Moran —empática al punto de preguntarse a sí misma si las heridas ajenas son su razón de ser—, su insensibilidad, mientras que para Boyang, quien se siente atraído por ella, es indescifrable e inalcanzable.

 

¿Cuál es el destino de sus huidas? Como Zimmer, quien se muda a una casa en las montañas, Ruyu y Moran emigran a Estados Unidos, pero, al igual que sucede con el personaje de Auster, su anhelo de alejarse tiene menos que ver con cambiar de lugar —aunque también— que con acceder a un estado espiritual donde el mundo les resulte menos hostil. Ruyu se casa y se divorcia; hace trabajos varios para sobrevivir con su natural indiferencia, entre ellos, ser más que la chica de la limpieza para un hombre y prestar diversos servicios a matrimonios de clase acomodada, desde ser canguro hasta cuidar sus hogares mientras están de vacaciones. Si quiere llegar a un lugar específico, ese lugar es el vacío que mantiene a su alrededor. Moran también ha estado casada y asimismo se ha divorciado. La soledad imperturbable es una necesidad para ella, dice la voz narradora. “Poder arrancar en cualquier momento unas raíces que apenas han prendido, poder irse sin que nadie lo note o te eche de menos…”. Pero el ansia de estar sola no define en realidad su búsqueda: la soledad es para ella un pretexto, como se revela cuando, al enterarse del cáncer terminal de su exesposo, renuncia a su trabajo para mudarse de ciudad y acompañarlo en sus últimos días.

 

De Boyang, que no ha salido de China y es quien les comunica por correo electrónico que Shaoai ha muerto, luego de veintiún años agonizando con el cerebro casi deshecho por el veneno, es en quien mejor puede encontrarse la huida entendida como búsqueda de la felicidad, sin sinónimos, algo que él —empresario inmobiliario exitoso, divorciado— pretende encontrar en relaciones con mujeres jóvenes. En medio de un nuevo intento, lee el mensaje de Ruyu: breve, le da la dirección del hotel donde se hospeda y un número telefónico. No le dice cuánto tiempo se queda en Beijing ni cuándo le viene bien que se encuentren, solo que le gustaría verlo. A lo mejor hay huidas que no deben emprenderse nunca.

 “No es la alegría lo que echo de menos. Es a ella. Por eso he dibujado toda mi vida un mismo cuerpo en los abrazos con los que siempre he soñado”

En las novelas de Auster y Li solo es pertinente la tercera huida de Pau. No así en Terraza en Roma (2000), de Pascal Quignard, donde hay combinación y variación de las conductas descritas por el escritor español. Meaume huyó de un peligro inminente y de hecho se alejó deprisa, pero cabe pensar que su partida estuvo más decidida por el rechazo de la veleidosa Nanni que por la amenaza de muerte del esposo de esta. Además, no se fue en búsqueda de la felicidad porque la suya comenzó y terminó con ella. “¡Ah! El secreto de mis sueños era un cuerpo que regresaba una y otra vez. Hace mucho tiempo, una mujer se horrorizó al ver mi rostro. Entonces perdí, para siempre, la mayor parte de la sustancia de mi vida. He conservado la mirada que había en sus ojos cuando los volvía hacia mí, pero ella se negó a que yo compartiera su vida. He tenido que viajar por mundos que no eran el suyo pero, en cada sueño, en cada imagen, en cada ola, en todos los paisajes he visto algo de ella o que procedía de ella. La atraje y la seduje con otra apariencia”.

 

Nanni era la hija del juez electivo de Brujas, Jacob Veet Jakobs. Rubia, alta, muy blanca, de cintura y manos finas, pecho abundante y silenciosa, estaba prometida al mayordomo de la casa de su padre, Vanlacre, cuando Meaume, aprendiz de grabador, la conoció en 1639. Ella tenía 18 años; él, 22. La atracción los arrebató a ambos y mientras ella palidecía de deseo y estaba siempre empapada, él le confesaba que su sexo se erguía con solo recordar su mirada. Hicieron el amor en la alcoba de ella y en el sótano, en la buhardilla de él y en la casa de comidas, una vez en un bote alquilado por Nanni todo el día. Fue en la casa de comidas donde los descubrió Vanlacre: arrojó ácido a los amantes. Los ojos de Meaume no sufrieron daño, pero su barbilla, los labios, la frente y el pelo se quemaron. El aguafuerte también alcanzó una mano de Nanni.

 

“Sobre todo me reprocho haberme ofrecido a ti con impudor. He pensado en ello y me arrepiento de verdad”, le escribió Nanni, quien nunca se interesó por el estado de su malogrado amante. Una mañana, sin embargo, allí estaba, en su buhardilla, acuciándole para que huyera de la ciudad, pues le confesó a su esposo que le amaba y este se había propuesto matarle. Aún estremecido por su presencia, Meaume vio angustia en sus ojos y gravedad en su rostro, “rosado, dulce, largo, enflaquecido”, pero acaso no haya sido más que una expresión de asco: “Te has convertido en un hombre horrible”, le dijo. Y también: “Yo quería que te matara. Ahora no quiero que te mate”. La vería una vez más, diez meses después, en la calle, ya casada y madre de un niño.

 

Wurtemberg, los Alpes, los Estados, Nápoles, Ravello, España, el Perreaux, Quend, París, Londres, Amberes, Roma y, al final, Utrecht, donde murió en 1667, fueron los lugares que supieron de la desolación de Meaume, reflejada en sus grabados a la manera negra. Carecía del sentimiento del color, dijo de él un amigo. “Si Meaume hubiera sido la naturaleza, solo habría hecho los relámpagos o la luna o las olas espumeantes del océano rompiendo tempestuoso contra las rocas negras de la costa”.

 

Nunca olvidó a Nanni y lo más cerca que estaría de ella de nuevo terminaría costándole la vida. En 1666, un muchacho, recién llegado a Roma, casi lo degolló al confundirlo con la persona que le había arrebatado su bolsa. No se recuperó de la herida, que al comienzo le impidió ingerir alimentos sólidos y luego le dificultaría respirar y hablar, aunque lo suyo fue más un suicidio que otra cosa: “No es la alegría lo que echo de menos. Es a ella. Por eso he dibujado toda mi vida un mismo cuerpo en los abrazos con los que siempre he soñado”.


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