Tres irancy: veintiún euros
- Francisco Vallenilla

- 5 mar
- 2 Min. de lectura
300 palabras sobre Metafísica del aperitivo, de Stéphan Lévy-Kuentz

El ritual social del aperitivo, por lo general, tiene lugar de seis a siete p. m. Es el purgatorio entre el día y la noche, según lo describe el narrador de Metafísica del aperitivo (2022), del francés Stéphan Lévy-Kuentz. Si se cumple en grupo, hace las veces de terapia social; si con una sola persona, resulta propicio para el intercambio íntimo; si, por último, se le atraviesa en soledad, como es el caso del protagonista, entonces reina la contemplación, con su escala desde lo más próximo y superficial —las otras mesas— hasta lo más profundo y reflexivo —el examen de conciencia—, pasando por estados intermedios de pura imaginación. En el perímetro de su mirada, el grupo de seis mujeres y cinco hombres (¿compañeros de trabajo?, ¿becarios culinarios?) que alborota con sus risas y, también, una pareja rota luego de que el spritz de ella terminara en el rostro de él. Más interesantes los diálogos imaginados, sentados a una mesa o apoyados en la barra, entre quienes una anomalía en el espaciotiempo ha juntado: Joyce y Pessoa, Hemingway y Bukowski, London y Duras, Rimbaud y Beckett: “¿Cómo no aludir aquí a esos borrachines tránsfugas que se pasaban al otro lado de la sed para cambiar su percepción de lo inexorable?”. Pero, tarde o temprano, el aperitivo solitario lleva a repasar logros y fracasos. En su balance, muchos los sueños sacrificados en el cadalso de la falta de tenacidad y de la ausencia de lucidez, aunque no está seguro de afirmar que ha fracasado, pues quién puede afirmar con certeza lo que es una vida satisfactoria. Metafísica… asimila el momento del aperitivo al de un lugar privilegiado para hacerse a un lado: “Ha llegado el momento de concederte una hora de eternidad, una franja de tiempo suspendido que significa libertad”.






