Aquel muchacho inocente
- Francisco Vallenilla

- hace 4 días
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Actualizado: hace 3 días
300 palabras sobre Las horas antiguas, de Michael Bible

“Nuestro pueblo, Harmony, es un pueblo como cualquier otro. Igual que el de ustedes. Lleno de santos y pecadores indistinguibles unos de otros”. Sin embargo, sí hubo alguien al que siempre pudieron diferenciar, aunque no hasta el punto de poder advertir en quién se convertiría ese chico con impermeable el día soleado de la excursión de octavo grado o que jugaba al ajedrez y tomaba clases de piano cuando el resto practicaba algún deporte o formaba parte de una banda. “Se ha dicho que era un monstruo, un terrorista, un psicópata, pero al mismo tiempo no dejaba de ser un niño. Nos ha resultado imposible reconciliar esos hechos. En el transcurso de los años, nos hemos preguntado por qué Iggy despreciaba tanto la vida”, evoca una voz narradora, que habla en nombre del grupo de adultos que, cada tarde, se reúne en la cafetería Starlight para rememorar los días en que eran inocentes, daban por sentado el amor y se sentían en posesión del mundo. El propio Iggy, en la cárcel, asume que lo tildan de psicópata, pero está lejos de asegurar por qué tomó el mal camino: un padre irascible y una madre negligente. Su educación o el despecho amoroso. Sus convicciones políticas o el exceso de drogas y las muchas películas violentas: “… la culpa no es de ninguna de esas cosas. O de todas. ¿Quieren saber por qué lo hice? Lo mismo les valdría coger un poco de agua y preguntarle si es agua de río o de lluvia”. En Las horas antiguas (2024), novela de Michael Bible, Iggy —encarnación de la rebelión contra el sinsentido de la existencia— y sus antiguos condiscípulos del instituto —personificación de la perplejidad ante la contingencia absoluta de la vida— solo tienen la certeza de que la muerte no les teme.






