Como una ilusión óptica
- Francisco Vallenilla

- 5 mar
- 2 Min. de lectura
300 palabras sobre Pastoralia y Diez de diciembre, de George Saunders

“Me quedé un rato mirando, pensando, rezando, danos más. Danos suficiente. Ayúdanos a no quedarnos atrás respecto a otros. Quiero decir, ayúdanos a no quedarnos todavía más respecto a otros. Por los niños. No quiero que se asusten por lo mucho que nos estamos quedando atrás. Solo pido eso”, ruega el padre que escribe “Los diarios de las Chicas Sémplica”. Como tantos de los personajes de los cuentos leídos de George Saunders (Pastoralia, 2000, y Diez de diciembre, 2013), este hombre y su familia son parte de los marginados en la opulenta sociedad estadounidense. Lo han comprobado hace poco al asistir al cumpleaños de Leslie Torrino, amiguita de su hija Lilly, en una mansión donde durmió Lafayette, enclavada en un terreno de doce hectáreas, con varios edificios anejos para guardar los autos costosos y una casa del árbol cuyo tamaño duplica la que ocupan él, Lilly, su esposa y otros dos hijos, Eva y Thomas. Luego de esa espléndida fiesta, con decoración de personas reales, él debe ingeniárselas ahora con su agotada Visa para que la celebración de Lilly no sea un espectáculo deprimente. Estas vidas descritas por Saunders hacen pensar en un producto desechable que ya está en el bote de la basura, junto con restos de pasta, botellas de plástico, cáscaras de huevo, borra de café, huesos de alitas de pollo, pan quemado y las advertencias de cortes de servicios o desalojo por impagos. Sin embargo, como los desperdicios aún no están en la calle para que los del aseo urbano los lleven al vertedero, ahí siguen, con una ingenua esperanza que no caduca, intentando vencer la inaccesibilidad —severa e insensible con sus anhelos— al bienestar soñado de mejor educación y seguro médico, zapatos buenos, cena de vez en cuando en un restaurante, regalos y viajes de vacaciones.






