Curso de periodismo objetivo
- Francisco Vallenilla

- 3 feb
- 13 Min. de lectura
Actualizado: 13 feb
El honor perdido de Katharina Blum, de Heinrich Böll

I.- Primer módulo. El reportero
El sensacionalismo es una vieja perversión del periodismo. Cuando la prensa fue transformada por la revolución industrial, a mediados del siglo XIX, nació el imperativo de vender más y más ejemplares. No para el sustento financiero directo por la venta de cada copia, como ocurría con los prestigiosos y pronto suplantados periódicos de opinión, sino para prevalecer en la competitiva atracción de anunciantes, ya que la publicidad era la nueva fuente de ingresos. A tal fin, resultó necesario sustituir el contenido ideologizado para no ofender a nadie y fue entonces cuando se adoptó la llamada doctrina de la objetividad periodística; en adelante, la prensa solo iba a presentar los hechos crudos, sin contaminarlos con juicios de valor, y los lectores sacarían sus propias conclusiones.
La objetividad periodística era un engaño desde el principio, porque no existe tal cosa como captar la realidad con prescindencia de la subjetividad. En el acto de la percepción es inevitable el sesgo de los propios prejuicios, valores, sentimientos, ideas… que actúan como filtros cognitivos: la existencia del sujeto cognoscente presupone el elemento subjetivo. Sin embargo, fue con ese nuevo credo, asumido por redacciones en todo el mundo, que la fuerza motriz del vapor hizo girar a toda velocidad los engranajes y rodillos de las imprentas periodísticas.
Esta industria produjo entonces su propia mercancía, la noticia, y se dispuso a venderla como haría cualquier otra empresa con su producto. La falacia de la objetividad funcionó para crear la ilusión de la prensa masiva como una vitrina imparcial, a la cual cada uno podía mirar ejerciendo su libre albedrío. Pero aún era posible dar un paso más para potenciar las ventas y ganar anunciantes —e influencia, pues desde los albores del periodismo se ha tenido conciencia de que el medio informativo es un instrumento político—: hacer atractiva la noticia. Titulares enormes y grabados detallados —precedente del uso de fotografías impactantes—, lenguaje incendiario y tergiversación —cuando no la pura y llana invención noticiosa— fueron los ingredientes de la fórmula sensacionalista.
Joseph Pulitzer, dueño del New York World, y William Randolph Hearst, propietario del New York Journal, compitieron entre ellos, levantaron sus imperios periodísticos y favorecieron intereses políticos y económicos sin preocuparse por la precisión o veracidad de lo publicado en sus diarios. “Yo nunca seré un presidente porque soy un extranjero, pero algún día elegiré a uno”, afirmó Pulitzer, de origen húngaro, y lo logró dos veces con el demócrata Grover Cleveland, quien difícilmente habría llegado a ser inquilino de la Casa Blanca sin la cruzada manipuladora del poderoso editor. Asimismo, como Hearst, Pulitzer se integró a los poderosos círculos anexionistas que habían puesto la mira en Cuba, y en sus cabeceras se inflamó el sentimiento antiespañol y la simpatía procubana para forzar una guerra entre Estados Unidos y España por el dominio de la mayor de las islas caribeñas. El conflicto bélico ocurrió en 1898, pero solo Hearst se jactó de que había sido obra suya, con el resultado conocido: la independencia de Cuba mediatizada por la Enmienda Platt, que consagró el derecho estadounidense a intervenir en el país insular cada vez que lo estimara necesario, y la cesión de Puerto Rico, Guam y las Filipinas a Estados Unidos. Pulitzer terminó representando la mala conciencia del sensacionalismo y dedicó sus últimos años a la filantropía y al fomento de la integridad periodística; Hearst nunca se arrepintió y acabó como lo retrató Orson Welles en El ciudadano Kane (1941), megalómano y solitario, desconectado de la realidad en su opulenta mansión californiana.
El abogado dijo de su empleada que era una persona inteligente y reservada, pero en la nota del periodista Blum era “fría y calculadora”
Cuando la prensa sensacionalista convirtió a Katharina Blum en un blanco, ella no necesitó saber nada de esto para dar una justa descripción de este vicio periodístico. “Opinaba tan sólo que aquellas gentes eran asesinos por partida doble, pues terminaban con la vida y la reputación de las personas. Ella, claro está, despreciaba a aquel periodista, cuya misión consistía en arrebatar su honor, su prestigio y su salud a personas inocentes”. Si eran capaces de fabricar un presidente y provocar una guerra, qué no podían hacer con una simple ciudadana alemana.
Blum se vio convertida en un personaje de actualidad y, por tanto, en un foco de interés público, por amor, que en su caso no fue ciego sino inocente. Hija de un minero muerto a causa de una lesión pulmonar contraída en la guerra y de una madre alcohólica, ahora gravemente enferma, con un hermano díscolo que cumplía una pena menor de reclusión, había nacido en 1947 y llegado a la ciudad hacía un lustro, procedente de una localidad de provincia. Graduada en una escuela de economía doméstica, se desempeñaba como ama de llaves en la casa del matrimonio Blorna, compuesto por el abogado empresarial Hubert Blorna y su esposa, Trude. También ayudaba a los ancianos Hiepertz, una pareja de jubilados, y en su tiempo libre colaboraba en fiestas, bodas, eventos sociales, como camarera o asistente en la cocina. Por poco tiempo, estuvo casada con Wilhelm Brettloh, un obrero textil al que había conocido a través de su hermano, Kurt Blum. Tras su divorcio y ya en la ciudad, buscó a Else Woltersheim, su madrina, amiga y confidente, quien la ayudó a conseguir sus primeros trabajos. Con el aval de los Blorna, obtuvo un crédito hipotecario para comprar el departamento donde vivía y, con sus propios recursos, había adquirido un Volkswagen del 68 de segunda mano.
Metódica, honesta y empática, la opinión de cuantos conocían a Blum era unánime. Aseada y amable, aunque un poco reservada, dijeron los vecinos cuando los interrogó la policía, mientras que el perito contable que examinó sus cuentas pidió que le avisaran cuando la liberaran, pues “una persona así es de las que siempre se buscan y nunca se encuentran”. Sin embargo, cuando se desató el escándalo, Trude hizo notar a su esposo que la apreciadísima empleada también tenía dos rasgos de carácter que no la favorecerían en las adversas circunstancias que enfrentaba: su fidelidad y orgullo.
El honor perdido de Katharina Blum (1974), de Heinrich Böll, es la narración extraoficial de lo ocurrido entre el miércoles 20 de febrero de 1974, cuando Blum acudió a un baile en casa de su madrina, y el domingo siguiente, cuando ella llamó a la puerta del comisario superior de policía criminal, Walter Moeding, para confesarle que ese mismo día, en la sala de su departamento, había matado de un disparo a Werner Tötges, reportero del PERIÓDICO. Basado en diversas fuentes y en sus propias suposiciones, el narrador entera al lector de cómo Blum acabó enamorada y favoreciendo la fuga de su amante, Ludwig Götten, culpable de atracar un banco y sospechoso de asesinato, al tiempo que desnuda el mecanismo del sensacionalismo.
Para informar sobre el vínculo entre la empleada doméstica y el prófugo de la justicia, Tötges manejó su Porsche hasta la casa de los Blorna y el hospital donde convalecía la madre de Blum. También habló con su exesposo y con los Hiepertz. El abogado dijo de su empleada que era una persona inteligente y reservada, pero en la nota del periodista Blum era “fría y calculadora”; Blorna hizo una consideración general sobre la criminalidad, opinión que Tötges transformó en la afirmación de que ella “era, desde luego, capaz de cometer un crimen”. La madre no tenía idea de lo que estaba ocurriendo y mucho menos sabía quién era Götten, pero su pregunta “¿Por qué tenía que acabar así?” fue transformada en una certeza: “Tenía que acabar así”, y Tötges argumentó que él, como periodista, estaba acostumbrado a “ayudar a expresarse a las personas sencillas”. Por su lado, Berthold Hiepertz y Erna Hiepertz, según la torcida versión del reportero, se mostraron horrorizados, pero no demasiado sorprendidos: “Una extremista en todos los aspectos que nos ha engañado con habilidad”. Entretanto, las declaraciones del obrero textil sirvieron para arrojar dudas sobre la probidad de la joven. De acuerdo con Brettloh, su exesposa quería más, no se conformaba con la modesta felicidad que él le ofrecía. Siempre temió su radicalismo y su aversión a la Iglesia, y dudaba de que una criada pudiera permitirse de forma honrada los bienes que poseía. “¡Solo me faltaba enterarme de que prefiere las caricias de un asesino y atracador a mis sentimientos sencillos!”, expresó entre lágrimas.
Asimismo, Tötges sacó a la luz datos no confirmados que solo pudo haberle suministrado la policía, como las supuestas visitas de caballeros que Blum recibía en su casa, sospecha que contradecía el proverbial conservadurismo sexual de ella, a quien sus conocidos apodaban “la Monja”. “¿No es usted el abogado y jefe de esa putilla?”, le preguntó un taxista a Blorna. Además, a tenor de lo informado por el reportero del PERIÓDICO, el caso tenía peligrosas ramificaciones comunistas: Blum era una protegida del abogado Blorna, cuya esposa era recordada como “Trude la Roja”… Pero, en cambio, nada informó sobre el hecho de que Götten se refugió —y fue capturado— en una cabaña de Alois Sträubleder, industrial, profesor y asesor de un partido político relacionado con el PERIÓDICO, así como amigo de los Blorna y pretendiente secreto de Blum.
Las imprecisiones y tergiversaciones de Tötges contrastaban con la meticulosidad con que Blum revisaba las transcripciones de sus declaraciones policiales. Los interrogatorios duraron más de lo usual por su exigencia de que cada palabra se recogiera con absoluta fidelidad a lo que había expresado y querido decir. ¿Por qué, si ella había dicho “impertinencias de los caballeros”, se escribía “los caballeros se permitían caricias”? “Controversias parecidas ocasionó la palabra ‘bondadoso’ aplicada al matrimonio Blorna. En el atestado se leía ‘amable’, pero la Blum insistía en el adjetivo bondadoso, y cuando le sugirieron la palabra gentil, la interrogada se ofendió y aseguró que la amabilidad y la gentileza nada tenían que ver con la bondad, y que esta última caracterizó siempre la actitud de los Blorna hacia su persona”.
En los pocos días transcurridos entre los interrogatorios por su nexo con Götten y su arresto por la muerte de Tötges, Blum se negó a volver a su vivienda, pero sus amigos no lograron impedir que en una ocasión revisara su correo: había cartas y postales con propuestas de relaciones sexuales e insultos de intención política, que tenían en común llamarla “cerda comunista”; también otras, religiosas, instándola a confesarse y cumplir penitencia. ¿No podía el Estado hacer algo para salvarla de esa inmundicia y devolverle su buen nombre?, se preguntaba cuando ya había leído lo que de ella escribía Tötges y pensaban los autores de aquellos textos.
El sensacionalismo contaba más de un siglo de práctica cuando el PERIÓDICO desfiguró en sus páginas a Katharina Blum, y ha transcurrido desde entonces otra media centuria sin que esta aberración periodística, basada en el escándalo y la explotación del morbo, haya perdido su eficacia como palanca para aumentar el lucro del medio, defender intereses particulares y —para decir lo menos— arruinar reputaciones en el camino. En Gran Bretaña gozan de buena salud The Sun y Daily Mirror, así como el New York Post en Estados Unidos o Crónica en Argentina. Son ejemplos cuestionables de periodismo que, para infortunio de la profesión y perjuicio de la sociedad, tienen sus réplicas en programas radiofónicos y televisivos, y encuentran entusiastas imitadores entre numerosos “periodistas” de las redes sociales, quienes aumentan sus seguidores y se posicionan como influenciadores viralizando sus contenidos mediante la fórmula sensacionalista.
II.- Segundo módulo. La noticia
Al socaire de la objetividad periodística, se consagran las famosas 5WH de los manuales de periodismo. El reportero sale a la calle para indagar qué, quién, cómo, dónde, cuándo y por qué. Poco o nada que objetar como guía para informar sobre hechos noticiosos, bajo condición de que se les responda debidamente contextualizadas, a partir de una investigación apegada a prácticas éticas y con fuentes contrastadas; mejor todavía si se incluye una séptima interrogante: para qué. Sin embargo, una prensa que privilegie el propósito de no irritar y, sobre todo, el de salvaguardar los intereses propios y relacionados en desmedro de los del conjunto social, contesta solo las que le convienen y aun así de modo muy particular; condenable del todo si emplea el enfoque sensacionalista. El resultado es que muchas veces al cómo y casi siempre al porqué no se les busca respuesta.
En el caso Blum-Götten, Tötges no averigua cómo es que el prófugo termina en la casa de Sträubleder y a nadie se le ocurre preguntar, una vez conocida la suerte fatal del periodista, por qué Katharina se convierte en asesina. “Todavía queda por aclarar qué razones movieron a una persona tan inteligente y al borde de la indiferencia ‘como la Blum’, no solo a planear el asesinato sino a llevarlo a cabo y por qué, en el momento elegido por ella misma, echó mano de la pistola y la hizo funcionar”, señala el narrador.
El escritor español Fernando Aramburu, en una remembranza de Böll al cumplirse treinta años de su muerte (1917-1985), escribe en El País: “No le faltaron adversarios. Sus reiteradas críticas al partido democristiano (CDU) le atrajeron la animadversión de la prensa del consorcio Springer. El Bild Zeitung y Die Welt lo sometieron a un acoso despiadado, al tiempo que la policía lo vigilaba en busca de posibles conexiones con la Fracción del Ejército Rojo. Un diputado democristiano llegó a tildarlo de terrorista en el curso de una intervención parlamentaria. Böll se resarció de todo aquello publicando uno de sus mayores éxitos comerciales: El honor perdido de Katharina Blum, novela breve en la que denuncia las intrigas de la prensa sensacionalista de la época”.
La novela vende doscientos mil ejemplares el año de su publicación y al poco tiempo es traducida a diecisiete idiomas, recuerda por su lado la escritora y traductora madrileña Berta Vias Mahou en el prólogo de la edición de Seix Barral. Un éxito comercial que no se limita a la denuncia de la prensa sensacionalista, como podría inferirse de la evocación de Aramburu, sino que plantea también otra cuestión socialmente relevante y lo advierte desde su título original: Die Verlorene Ehre der Katharina Blum oder: Wie Gewalt entstehen und wohin sie führen kann (El honor perdido de Katharina Blum o: cómo surge la violencia y adónde puede conducir). Es la forma literaria de los argumentos que Böll ha expuesto, dos años antes, en su polémico artículo de Der Spiegel: “¿Quiere Ulrike Meinhof gracia o salvoconducto?”, una pregunta incómoda pero pertinente en una Alemania —y una Europa— que toda esa década estará sacudida por la violencia política.
La crisis de los precios del petróleo en 1973 es el hito final de los “treinta años gloriosos” de crecimiento económico sostenido, baja inflación, pleno empleo y bienestar generalizado experimentados por Europa occidental después de la Segunda Guerra Mundial. Las amplias capas de clase media, principales beneficiarias del Estado de bienestar, se sienten engañadas por la inflación, las subvenciones a empresas en aprietos a través de los impuestos y la reducción o eliminación de servicios públicos. Es amplio el malestar social en una Europa que, al mismo tiempo, se está desindustrializando, describe Tony Judt en Postguerra. Una historia de Europa desde 1945.
En general, Europa occidental ha vivido asimismo un largo período de paz civil desde la derrota de los nazis que ahora también se acaba. Pero el orden público, de acuerdo con el historiador británico, no tiene en las protestas obreras y estudiantiles ni en la inconformidad extendida entre los ciudadanos su mayor amenaza; tampoco en reencarnaciones de la ilusión comunista (asfixiada en Praga) ni del fascismo, sino en la acción de verdaderos radicales que se mantienen fuera del consenso político, en un compromiso que los conduce a la clandestinidad, la violencia y el crimen. En España opera ETA (independencia del País Vasco) y en Irlanda del Norte el IRA (reunificación de Irlanda), mientras que la Angry Brigade pone bombas en Londres en nombre de trabajadores sin representación y los separatistas francófonos de la región suiza de Jura causan disturbios por su incorporación forzosa al cantón de Berna, de habla alemana. En Alemania, actúa la Fracción del Ejército Rojo (RAF) o Banda Baader-Meinhof y en Italia las Brigadas Rojas.
Judt hace una distinción entre ellos, pues el nacionalismo violento de vascos e irlandeses, que hunde sus raíces en antiguos agravios, no puede colocarse en la misma perspectiva que el accionar de los terroristas germanos e italianos. ETA y el IRA tienen propósitos definidos y el historiador británico estima que, en su momento, habrían negociado con sus enemigos con la esperanza de alcanzar sus fines, aunque fuera en parte. En cambio, Andreas Baader y Ulrike Meinhof, por ejemplo, son más bien agentes de una psicosis de agresividad que se justifica a sí misma: un reducido grupo de estudiantes radicales, “ebrios de su propia interpretación de la dialéctica marxista”, se propone revelar el verdadero rostro de la represiva tolerancia de las democracias occidentales. Entre 1970 y 1978, la RAF ejecuta una estrategia de terror indiscriminado, asesina soldados, policías y hombres de negocios, roba bancos y secuestra a políticos sin un objetivo concreto más allá de su propia lógica, como la describe Judt: si se presiona suficiente, el régimen parlamentario capitalista quedará al descubierto y entonces el proletariado, “hasta entonces alienado de sus propios intereses y víctima de una falsa conciencia sobre su situación, al enfrentarse a la verdad sobre sus opresores ocuparía el lugar que le correspondía en las barricadas de la lucha de clases”.
“Mi deber no es callar para que la mayoría esté tranquila, sino hablar para que la justicia sea recordada”
Böll publica su artículo en enero de 1972, seis meses antes de la detención de Meinhof. No está pidiendo que se conceda el perdón a la terrorista, sino que se le ofrezcan las suficientes garantías para entregarse y enfrentar un juicio justo, en lugar de ser ejecutada por la policía o linchada por la opinión pública, que es a lo que contribuyen tanto el lenguaje policial como el empleado en las informaciones del Bild-Zeitung. “Lo que el Bild-Zeitung practica no es información, es una instigación al odio que no se detiene ante la dignidad humana ni ante la verdad de los hechos”, afirma el escritor. “Millones de personas son alimentadas diariamente con una dosis de odio que termina por enturbiar cualquier posibilidad de juicio racional”.
Sobre la responsabilidad institucional, el escritor argumenta que un Estado no puede olvidar la aplicación de sus propias leyes para enfrentar a un enemigo, so pena de convertirse en su igual: “Si el Estado rompe las reglas para atrapar a quien rompe las reglas, ¿quién queda para defender la ley?”. Es un llamado de atención, si lo que de verdad se busca es neutralizar una espiral de violencia: “Ulrike Meinhof ha declarado la guerra al Estado, pero el Estado no puede permitirse el lujo de declarar la guerra a un individuo. El Estado debe aplicar la ley, no la venganza”.
Tras la publicación de “¿Quiere Ulrike Meinhof gracia o salvoconducto?”, la menor de las acusaciones contra Böll es que es el padre espiritual de la violencia: “geistige wegbereiter” (cómplice intelectual) le dicen desde el gobierno de coalición y en especial desde la oposición conservadora (Unión Demócrata Cristiana y Unión Social Cristiana). “Mi deber no es callar para que la mayoría esté tranquila, sino hablar para que la justicia sea recordada”, ha adelantado Böll en su escrito.
Un cuarto de siglo después, quienes se oponen a la respuesta belicista del Gobierno estadounidense a los atentados del 11-S también son descalificados: con sus peticiones de tratar de entender las causas de una atrocidad como la voladura del World Trade Center le hacen el juego y justifican a los terroristas. La primera pregunta debería ser: ¿qué cursos de acción están abiertos y cuáles serían sus probables consecuencias? “Prácticamente, no se ha discutido la opción de apegarse a la ley”. “La segunda pregunta es: ‘¿por qué?’. Esa pregunta nunca se formula con rigor. Negarse a enfrentar esa pregunta es optar por aumentar significativamente la probabilidad de mayores crímenes”, declara Noam Chomsky al Hartford Courant apenas nueve días después del atentado.






