Empujando el ser
- Francisco Vallenilla

- 12 abr
- 2 Min. de lectura
300 palabras sobre Leche materna, de Nora Ikstena

Una nació el 22 de octubre de 1944. La otra, el 15 de octubre de 1969. A partir de aquí, sus vidas corrieron sobre la misma línea dibujada por el vínculo inexorable madre-hija, aunque en direcciones opuestas: no quiso dar de mamar a la recién nacida. Sus padres no emigraron cuando irse del país era todavía posible y esa decisión inoculó en la bebita, que lloraba mientras a su alrededor se desvanecía el estruendo de la guerra, una dosis de resentimiento que aniquiló el afecto hacia sus progenitores, primero, y el suyo por la propia vida, después. Intentó respirar ejerciendo como ginecóloga, campo de la medicina que parecía despejado para su natural talento de investigadora, pero los anticuerpos del sistema corrupto y mediocre la confinaron al ejercicio profesional en una aldea. Allí persistió un tiempo, en el dispensario, donde sus pacientes la veían como una santa, y en su habitación, donde el techo amarilleaba por el humo del cigarrillo y el suelo y la cama desaparecían bajo papeles y libros, mientras su hija retiraba las tazas de café, los corazones de manzana, las cortezas de pan y ponía un poco de orden. Arrancada a su vez del hogar feliz de los abuelos, no entendía a qué se refería su madre cuando hablaba de libertad, piojos y esclavos. “Me acostumbré a que ella viviera en su propio mundo y a aceptarlo con serenidad. Me acostumbré también a apenas hablar en la escuela sobre mi vida en casa, tan diferente a la de mis compañeros”. Leche materna (2015), de Nora Ikstena, es un repaso del combate entre la pulsión autodestructiva y la energía del amor, la creatividad y el instinto de autoconservación, esta vez en una sociedad donde se llegaba a sentir que no había libertad ni para vivir ni para morir.






