La historia soy yo
- Francisco Vallenilla

- 7 feb
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Actualizado: 9 feb
300 palabras sobre El ejército iluminado, de David Toscana

Entre 1821, inicio de la colonización angloamericana de Texas, y 1848, cuando se firma el tratado de Guadalupe Hidalgo, hay presiones diplomáticas, dos guerras declaradas, la invasión estadounidense de México y la traición de un presidente, con el saldo de que los mexicanos acabaron despojados de la mitad de su territorio. Ignacio Matus tiene una forma militante de tratar este tema. “¿A quién pertenece Texas?”, pregunta a sus alumnos y por sus respuestas distingue a los serviles de los soñadores, a los medrosos de los héroes. Los jóvenes de este tiempo nacen con los calzones abajo, piensa, de pie contra un viejo mapa sin el río Bravo como frontera. El director cataloga de peligrosa su manera de enseñar y una madre se ha quejado de que, en esa escuela de la pacífica Monterrey de 1968, él está creando un nido de comunistas. Habría bastado con relatarles que Santa Anna vendió los territorios —es más fácil odiar a un presidente muerto que a nuestros vecinos del norte—, en lugar de incitarlos a seguir el ejemplo de esos muchachos que ahora, en la capital, abandonan las aulas para gritar consignas, le dice el director antes de conminarlo a firmar la renuncia. Pero Matus, que tiene su particular enfrentamiento con un gringo, a quien responsabiliza de arrebatarle la medalla olímpica del maratón, no soporta una humillación más y convence a cinco valerosos niños discapacitados para resarcir al país. Lo que se propone Matus es un disparate, pero, con su delirio, el protagonista de El ejército iluminado (2006), de David Toscana, sugiere recordar que la historia es determinada por el hombre y a este corresponde hacerse cargo, no sentarse a esperar que la Historia, algún día, como un agente moral autónomo, va a ajustar el asiento contable de las afrentas de la humanidad.






