Las vidas heridas
- Francisco Vallenilla

- 27 mar
- 16 Min. de lectura
Actualizado: 5 abr
Las hermosas, de Inga Gaile (y El barracón de las mujeres, de Fermina Cañaveras)

Se cifra en veintisiete campos principales y en mil cien los que funcionaban como recintos secundarios, aunque el número exacto no se conoce porque unos fueron cerrados y otros abiertos entre el 22 de marzo de 1933, cuando se inauguró Dachau, y el 9 de mayo de 1945, cuando el ejército soviético llegó al de Stutthof (actual Gdanks, Polonia), que se tiene por el último de estos centros de reclusión en ser liberado. “Calculamos que 2,3 millones de hombres, mujeres y niños terminaron en los campos de concentración de las SS entre 1933 y 1945; la mayoría, 1,7 millones, perdieron allí la vida. Casi un millón de muertos eran judíos, a los que se asesinó en Auschwitz, el único KL (Konzentrationslager) con un papel destacado en lo que los nazis denominaron la ‘Solución Final’: el exterminio sistemático de la población judía en Europa durante la Segunda Guerra Mundial, hoy conocido como Holocausto”, indica Nikolaus Wachsmann, en su KL. Historia de los campos de concentración nazis (2015).
En Auschwitz murieron un millón cien mil prisioneros, entre ellos, ochocientos setenta mil judíos, pero Wachsmann resalta que, pese a su singularidad destructiva, Auschwitz, campo de concentración y Holocausto no deben tomarse como sinónimos, como es lo usual en el imaginario colectivo, pues en esos espacios de deshumanización y muerte hubo diversos grupos de víctimas y diferentes formas de asesinato —no solo exterminio en masa—, así como por el hecho de que la aniquilación de judíos tuvo lugar, en gran medida, fuera del KL. De cualquier forma, Auschwitz ha quedado como el campo de concentración nazi por antonomasia, más allá de la errada sinonimia advertida por este profesor de Historia Europea Moderna del Birkbeck College de la Universidad de Londres. Así, el común de las personas suele tener alguna noción de Auschwitz, en detrimento de otros lugares y otros internos. Y menos aún sabe sobre el KL como reflejo de las violentas obsesiones de los nazis, según las enumera Wachsmann: “crear una comunidad nacional uniforme tras haber erradicado a los marginados sociales, raciales y políticos; el sacrificio personal en aras de la higiene racial acompañado de una ciencia mortífera; el aprovechamiento del trabajo forzoso para mayor gloria de la madre patria; el control sobre Europa, esclavizando a las naciones extranjeras y la colonización del espacio vital; la liberación de Alemania de sus peores enemigos a través del exterminio de masas; y, por último, la determinación de morir matando antes que rendirse. Con el tiempo, todas estas obsesiones modelaron el sistema del KL y dieron lugar a detenciones indiscriminadas en masa, penalidades y muerte”.
Ravensbrück funcionó a unos 90 kilómetros de Berlín, cerca de las residencias veraniegas del pueblo de Fürstenberg, en un entorno de lagos y bosques. Es uno de los campos olvidados, aunque allí perecieron entre treinta mil y cuarenta mil personas, y fue único por estar dedicado a la encarcelación de mujeres. “Así como Auschwitz fue la capital del crimen contra los judíos, Ravensbrück fue la capital del crimen contra las mujeres. Estamos hablando de crímenes específicos de género, como abortos forzados, esterilización, prostitución forzada”, declaró a la BBC Sarah Helm, periodista británica, en 2015, al publicarse su libro If This Is a Woman: Inside Ravensbruck: Hitler's Concentration Camp for Women. “Feld-Hure” (puta de campo) les tatuaban en el pecho y debían coser el triángulo negro invertido en sus ropas, que en la clasificación concentracionaria identificaba a lesbianas y prostitutas. Con una simple mirada, un guardia de los campos sabía por qué estaba allí cualquier indeseable: judío (amarillo), prisionero político (rojo), gitano (marrón), testigo de Jehová (púrpura), homosexual (rosa), extranjero (azul) o delincuente común (verde).
El triángulo que de seguro también identificó a Violetta Dauphine, ciudadana francesa ingresada en Ravensbrück como prisionera política, dejó de reflejar cualquier color cuando se organizó el servicio prostibulario para Buchenwald. “En Auschwitz también hicimos experimentos relacionados con esto y los resultados demostraron que es una de las maneras de aumentar la productividad. Los hombres hambrientos y enfermos viven más tiempo, después de un coito, que los hombres que solo están hambrientos y enfermos”, le dijo Erlen Weberl a Kārlis, médico en Ravensbrück y viejo conocido. Weberl era un entusiasta de la idea, con la que buscaba reivindicarse tras su fracaso en Treblinka, donde al parecer no fue muy eficiente deshaciéndose de los cadáveres. A Violetta la escogieron porque ninguna de las mujeres de su barracón quiso ofrecerse para el nuevo trabajo. Las autoridades del campo habían prometido que las voluntarias tendrían mejor comida e incluso un salario; hasta era posible que las liberaran tras unos pocos meses de ejercicio. Aun si llegaran a cumplir lo ofertado, la mayoría entendía que no les estaban planteando ninguna opción, sino descender todavía más en su degradación como seres humanos, por eso a las que se autopostulaban las envolvían en mantas y las golpeaban con lo que tuvieran a mano.
“No lo entiendo. No es idiota. ¿No ve que está enferma?”
En Las hermosas (2025), la escritora letona Inga Gaile no menciona que a Violetta la hayan tatuado ni hace referencia a los triángulos, pero muestra el resultado que buscaban los nazis al transportar a los presos en vagones de ganado y desnudarlos, raparlos y marcarlos con un número al llegar, someterlos al hambre extrema y negarles una higiene decente, obligarlos a realizar tareas repetitivas sin sentido, como llevar piedras de un lugar a otro y luego cargarlas otra vez de vuelta: anular la identidad personal y la conciencia moral de los prisioneros para convertirlos en una masa de seres superfluos e intercambiables, piojosos y enfermos, de los que había que deshacerse, a fin de evitar cualquier riesgo de contagio para los vigorosos y sanos ejemplares arios de la humanidad. “… hemos aprendido que nuestra personalidad es frágil, que está mucho más en peligro que nuestra vida; y que los sabios antiguos, en lugar de advertirnos ‘acuérdense de que tienen que morir’, mejor habrían hecho en recordarnos este peligro mayor que nos amenaza. Si desde el interior del campo algún mensaje hubiese podido dirigirse a los hombres libres, habría sido este: no hagan nunca lo que nos están haciendo aquí”, escribió Primo Levi en Si esto es un hombre (1947).
Violetta no tenía aprendida esa lección y para su supervivencia creyó que bastaría con entender las reglas y seguirlas. “Reprimir nuestra propia naturaleza humana. Ignorar toda necesidad de respeto, de reconocimiento, de contacto, de elogio, de amor, de ir al baño, de sentarse. Porque solo queda una necesidad, la de sobrevivir”. Se equivocó. Cuando la llevaron a donde Weberl y Kārlis examinaban a las mujeres, hubo que empujarla hacia el centro de la sala, repetirle varias veces que se desnudara y fue la guardiana quien la hizo girar porque aquella mujer estaba ausente y su mirada parecía fijada en un punto más allá de sus entrevistadores, como si los atravesara. Kārlis era psiquiatra y advirtió en Violetta a una persona traumatizada, pero su superior ignoró sus comentarios (“No lo entiendo. No es idiota. ¿No ve que está enferma?”), solo la miraba con un brillo especial y Kārlis supo por qué: “ojos verdes ligeramente rasgados en un rostro ovalado. La delicada curvatura del cuello acentuada por el ángulo de inclinación de la cabeza y el corte de pelo al cero, aunque le ha crecido un poco y se entrevé un tono rubio oscuro, la cabeza inclinada, pechos en extraordinaria armonía, caderas torneadas, piernas esbeltas. Es comprensible que su apodo se deba a la perfección absoluta de su aspecto exterior”. En Ravensbrück era conocida como Muñeca y eso era: alguien ya sin vida interior que no se opondría a nada, bastaba con darle cuerda.
“Se recuperará. Es posible que sufra algún pequeño trauma, pero es muy hermosa (…) No está enferma. Simplemente cometió algún error de juicio y ha acabado aquí. Verás cómo allí está mejor. Tendrá un cuarto de baño e incluso un bidé”, le respondió Weberl a Kārlis para desestimar su observación sobre el estado de Violetta. Si se midieran sus actitudes con una ética levinasiana, Weberl se hallaría en el punto más alejado del Otro, tal y como lo entendió Emmanuel Levinas (1906-1995), él mismo prisionero de los alemanes durante los cinco años de la guerra en un campo de trabajos forzados en Francia; era judío, pero en tanto que miembro del ejército galo, no fue deportado a un KL. Para este filósofo lituano, el Otro es ser existente fuera de su representación en mi conciencia y como objeto de mi voluntad. Es irreductible, es decir, no puedo pretender obviar —borrar, literalmente, en el caso de lo que se propusieron los nazis— su individualidad convirtiéndolo en un contenido de mi conciencia o en un objeto de mis designios. Es el olvido de esta alteridad absoluta lo que conduce a la violencia sobre el otro. Más cercano al Otro levinasiano estaría Kārlis, de quien al menos podría aventurarse que vio en Violetta, no solo la belleza persistente pese al cruel confinamiento, sino también el Rostro en el sentido que le dio Levinas: la forma en que el Otro se nos presenta: desnudo en su fragilidad, pero al mismo tiempo granítico en su exigencia moral: no me violentarás en modo alguno. Lo primero en el ser humano es su condición de ser moral —no de ser racional— y esa naturaleza primordial nace del encuentro con el Otro, postuló Levinas, recuerda Joan Solé en su ensayo de divulgación filosófica Levinas. La ética del Otro (2016).
A diferencia de Weberl, Kārlis no era partidario de la eutanasia depuradora ni promotor de los desquiciados experimentos eugenésicos de los nazis, tampoco del burdel, él solo era un cobarde que, enfrentado a la perspectiva de ser enviado al frente, aceptó trabajar en Ravensbrück. Aunque nieto de una pudiente mujer alemana, por su origen letón no tendría ninguna mejor oportunidad, le recordó el funcionario que le hizo el ofrecimiento por recomendación de Weberl. Ellos, además, conocían su vergonzoso pasado como médico alcoholizado en un hospital neurológico de Strenči, pero consideraban que era un profesional competente para la tarea: ayudar a las guardianas a recuperar el equilibrio, bastante afectado después del episodio de la fuga de una de las internas. A la gitana Katrina Weisz la capturaron al tercer día de su huida, el mismo tiempo que el resto de las prisioneras estuvo de pie, formadas en el patio, para que supieran qué les ocurría a las demás cuando alguna se evadía. A las que no aguantaron permanecer un minuto más sobre sus debilitadas piernas, las obligaron a palos a levantarse; a las que no pudieron lograrlo, las guardianas dejaron que los perros las destrozaran. “Algunas estaban completamente hundidas, angustiadas, se habían vuelto agresivas. Esto, al parecer, no le preocupaba a nadie. Una de ellas se encontraba tan afectada que había perdido el apetito. Le aconsejé que dejara el trabajo. Se echó a llorar diciendo que no encontraría otro trabajo tan bueno y con tan buen sueldo, con habitación propia y en un lugar tan bonito”.
“Sí, eso dijo, en un lugar tan bonito”, se asombró Kārlis ante esa muestra de que el agente de la crueldad no era una sádica ni una fanática que albergaba un odio visceral, sino alguien normal. Había presenciado la “banalidad del mal”, que conceptualizaría Hannah Arendt años después a propósito de Adolf Eichmann, responsable logístico de la Solución Final, juzgado en Jerusalén en 1961. Ese teniente coronel de las SS no era un psicópata, ni siquiera tenía una animadversión particular hacia los judíos, era una persona corriente que había renunciado a pensar por sí misma, a detenerse un momento para evaluar críticamente las normas de conducta nazis y las consecuencias de actuar con apego a ellas. “Únicamente la pura y simple irreflexión —que en modo alguno podemos equiparar a la estupidez— fue lo que le predispuso a convertirse en el mayor criminal de su tiempo. Y si bien esto merece ser clasificado como ‘banalidad’, e incluso puede parecer cómico, y ni siquiera con la mejor voluntad cabe atribuir a Eichmann diabólica profundidad, también es cierto que tampoco podemos decir que sea algo normal o común. No es en modo alguno común que un hombre, en el instante de enfrentarse con la muerte, y, además, en el patíbulo, tan solo sea capaz de pensar en las frases oídas en los entierros y funerales a los que en el curso de su vida asistió, y que estas ‘palabras aladas’ pudieran velar totalmente la perspectiva de su propia muerte. En realidad, una de las lecciones que nos dio el proceso de Jerusalén fue que tal alejamiento de la realidad y tal irreflexión pueden causar más daño que todos los malos instintos inherentes, quizá, a la naturaleza humana”, escribiría Arendt en Eichmann en Jerusalén (1963).
Sin embargo, en el caso de Kārlis, conservar la capacidad reflexiva solo le había servido para sentirse culpable. Era verdad que había rechazado la oferta de Weberl para trabajar en una clínica psiquiátrica de Brandemburgo donde la eutanasia de los pacientes era práctica rutinaria, pero luego había acabado en Ravensbrück. Él también era un agente de la maldad. En Strenči, preñó y abandonó a una de las internas, Magdalēna. En Alemania, a donde en principio había acudido para acompañar a su abuela, una vieja de cabeza perdida que lo confundía con su finado esposo, violó a la colaboradora de las SS que cuidaba de su pariente, una ciudadana alemana de mucho interés para el Tercer Reich por sus bienes materiales. En la villa de su abuela, hasta donde llegaban copos de nieve cenicienta arrastrados por un viento cortante y de los que cabía sospechar, como él mismo llegó a intuir, que en realidad eran cenizas procedentes de la otra orilla del lago, donde estaba Ravensbrück, Kārlis solo pensaba en irse a Estados Unidos, no en realizar una acción de resistencia al nazismo. “Quizás cuidan de que las prisioneras no pasen frío”, fue lo que terminó imaginando.
En los meses finales de 1944, cuando el Ejército Rojo ya estaba en las cercanías de Ravensbrück y los nazis, al igual que obraron en otros recintos, organizaron las llamadas “marchas de la muerte” para movilizar a los prisioneros mientras destruían la evidencia de su barbarie, Violetta y Kārlis lograron ser de los afortunados rescatados por la Cruz Roja danesa. La hija de Muñeca, que nació en el camión de la huida, se llamará Mabel y, como Kārlis, será psiquiatra, solitaria y dada al alcohol: “Viví algo, a través de mi padre y de mi madre, que anuló en mí la necesidad de toda relación íntima y verdadera. Solo alcanzo a ser el reflejo de otra persona y satisfacer sus expectativas. Soy un desierto estéril y nunca tendré hijos porque mis ovarios se formaron durante esos tres días que mi madre pasó de pie en el campo de Ravensbrück porque una prisionera se había fugado”.
“A partir de ahora te violarán entre veinte y treinta veces al día. Damos un servicio al Tercer Reich. Te has convertido de la noche a la mañana en una pieza imprescindible de la maquinaria nazi”
Gaile hace de la contención del lenguaje el refugio de su fuerza narrativa para relatar la experiencia inefable de quienes no estaban en el futuro de los nazis. “Desean hacer borrón y cuenta nueva: una población de especímenes puros y selectos creada por ellos mismos. Es lo que se considera moderno y progresista. Pero no es posible. No creo en Dios, pero no es posible hacer borrón y cuenta nueva. ¿O sí lo es?”, se dijo Kārlis, sin que esa constatación lograra insuflar en él una determinación moral de signo contrario. Sin embargo, esta parte de Las hermosas, circunscrita al período 1941-1945, puede leerse con una lente de aumento descriptiva: El barracón de las mujeres (2024), de Fermina Cañaveras. La obra de la historiadora española, especializada en el tema mujer y represión en los conflictos del siglo XX, tiene forma de novela, pero su protagonista, Isadora Ramírez García (Madrid, 1922-2008), fue una de las 200 presas españolas que sobrevivieron a Ravensbrück. Otros personajes, así como las circunstancias de la vida (si es posible hablar así) en ese lugar infernal, también son reales.
Isadora era de estirpe republicana. En 1939, con las tropas franquistas ya en dominio de la capital, ella, su madre (Carmen) y su tía (Teresa) viajaron a Francia con pasaportes falsos para seguir el rastro difuso de una esperanza: su hermano, Ignacio, combatiente antifascista como su fallecido padre, estaba vivo, posiblemente en alguno de los campos de refugiados que armó el Gobierno galo para contener la oleada de los derrotados. Carmen era la menos politizada y fueron sus ingenuas indiscreciones las que estrecharon el cerco sobre lo que quedaba de la familia Ramírez García. Primero en Madrid, cuando reveló a los esbirros de Franco que irrumpieron en su casa algo que no le habían preguntado: que no sabía nada de su hijo desaparecido. Luego en París, cuando contó a un vecino su búsqueda y las actividades de Isadora y Teresa, integradas a la Resistencia francesa, con el resultado inevitable de los toques a la puerta de la Gestapo.
Al llegar a Ravensbrück, el primero de enero de 1942, las separaron; Carmen no viviría mucho más; Teresa, irreductible, “la roja del pelo rojo”, como fue conocida en Madrid y después allí, siguió luchando un tiempo más desde donde podía hacerlo: saboteaba, junto con otras conjuradas, las balas de la fábrica en la que cumplía sus jornadas de trabajo esclavo. A Isadora le tatuaron “Feld-Hure”. “En los años cuarenta los nazis habían creado una red de prostíbulos en todos los campos. Las primeras fueron prostitutas alemanas a las que los soldados de las SS convencieron con falsas promesas (…) Después de las prostitutas alemanas, llegaron las presas políticas, las más jóvenes y aparentemente sanas, en su mayoría, alemanas y polacas, nunca judías. Y después de ellas llegaron las españolas”.
Ella no entendía el significado del triángulo negro ni por qué la habían destinado al barracón veintiséis, el de las asociales. Se lo explicó sin rodeos La Radu: “Porque ellos lo han decidido. A partir de ahora te violarán entre veinte y treinta veces al día. Damos un servicio al Tercer Reich. Te has convertido de la noche a la mañana en una pieza imprescindible de la maquinaria nazi. No solo nos utilizan para follar, también para trasportar muertos al crematorio. Pero no te preocupes, dentro de lo malo que puedes pensar que es, no tiene nada que ver con lo que les hacen a las que van a la enfermería. Intenta no ponerte mala y no quedarte preñada. Cómete toda la mierda que te den y acepta todos los presentes que te ofrezcan los soldados, eres muy guapa y alguno se encaprichará de ti”.
Las “conejas”. Así llamaban a las putas preñadas, de las que comenzó a servirse el doctor del campo para sus morbosas pruebas. “Contemplaba varias opciones para ellas: hacerles una cesárea antes de que concluyera el embarazo, sacar al feto y dejarlas abiertas, sin coserlas, para ver cuántos días tardaban en morir; inyectar la sífilis, pinchaba su vientre con grandes agujas para llegar a la placenta...
”A los bebés también les metía mierda en sus pequeños e indefensos cuerpecitos: inyectaba tintes azules en los ojos de las criaturas para volverlos de raza aria, extirpaba sus pequeños miembros para meterlos en formol, arrancaba su piel y se la daba de comer a la madre… Cuando estaban moribundos, los tiraban en medio del campo y les echaban un cubo de agua fría encima. Era su peculiar manera de dar por concluido el experimento. Muchas mañanas, cuando acudías a la llamada, caminabas por la nieve sorteando cadáveres de recién nacidos, eran el alimento de los perros”.
En Ravensbrück, Isadora se convirtió en la “puta española con nombre de bailarina”. Lo vivido se lo narra a María, historiadora y nieta de Soledad, vieja republicana recién fallecida, en cuya pensión madrileña se anudaron sus vidas: “… voy a contarte mi historia, María. Para que sepas quién soy y quién era tu abuela, y todo aquello que reunió a nuestras familias durante la Guerra Civil para separarlas después. Sabrás de sus pérdidas, que fueron las mías, del dolor inhumano y las lágrimas constantes… Y lo que pasó cuando nuestros destinos se separaron y yo me convertí en una de las prostitutas del campo de concentración de Ravensbrück, un lugar lleno de puentes y palomas blancas, cuyas plumas se ensuciaron de sangre y semen por dos razones: la simple y llana supervivencia y la lucha incesante, con armas escasas, contra el fascismo”.
No es morbo, “es memoria y así hay que contarlo”, declaró Cañaveras en una entrevista con El País, consciente de la crudeza con que describe el régimen prostibulario instaurado por los nazis y el foso mortal inenarrable de Ravensbrück.
“Allí estoy obligada a pensar en la vida, en qué comer, cómo asearme, a quién ayudar, que es por la mañana y debo lavarme la cara, cuando al mismo tiempo, en algún lugar de Kenguir, hay un campo de trabajo, hay una fosa y en la fosa hay personas que ya no pueden llamarse así…”
La segunda parte de Las hermosas transcurre entre 1953 y 1968, mientras que la tercera y última va de 1974 a 2006. Letonia fue, desde mediados del siglo XVI hasta principios del XVIII, un territorio dividido entre Polonia y Suecia, para luego ser dominada por los rusos, de quienes se independizó en 1918. Varias coaliciones democráticas gobernaron el país hasta 1934, cuando se estableció el régimen autocrático del presidente Kārlis Ulmanis. El Ejército Rojo entró en Letonia en 1940, salió cuando Hitler invadió la Unión Soviética al año siguiente y volvió en 1944 para quedarse hasta la segunda independencia letona en 1991. Con la evocación de la vida bajo el totalitarismo soviético continúa la novela de Gaile.
Magdalēna pasaba de los cuarenta, pero su mente era la de una niña. Era la madre de Karls (el hijo de Kārlis) y trabajaba en una biblioteca. Atractiva, desprejuiciada, sexualmente ávida, a Karls era lo que más amaba en el mundo, tanto como en breve a Mārīte, la niña que concebiría con Volodia, la pareja de Lidija, quien estuvo presa en Siberia, donde le conoció, y que dejó a su hijo, Uldis, al cuidado de Magdalēna cuando la enviaron al campo de trabajos forzados, donde también ha estado Ilze, comunista y hermana de Kārlis, así como exmujer de Mārtiņš, quien ha tenido relación con Magdalēna y ahora vivía de nuevo con Ilze, borrachos y olvidados del mundo en una destartalada cabaña en el bosque, eso después de ser compañero de Ilma, madre de Davis, a quien tuvo con un hombre anterior, Roberts, y novia de Lidija. Todos, salvo Roberts y Kārlis, habían vivido o vivían en la casa que fuera de Ilze, o que no había dejado de serlo, solo que ella prefería la cabaña: “Lo único que aún me anima a respirar es la hijita de Magda. Pero ni siquiera su hermosura eclipsa lo que veo cada día… lo que no puedo dejar de ver… no logro comprender por qué me pesa tanto la vida… cuál es su propósito… No puedo ir a Smilškalni, queridas. Allí estoy obligada a pensar en la vida, en qué comer, cómo asearme, a quién ayudar, que es por la mañana y debo lavarme la cara, cuando al mismo tiempo, en algún lugar de Kenguir, hay un campo de trabajo, hay una fosa y en la fosa hay personas que ya no pueden llamarse así, y la única forma de no mandarme a mí misma al otro mundo es viviendo en el bosque. Y para no oír a la gente gritar cuando los tanques los empujan a los barracones, para no ver lo que veo cuando miro hacia atrás, bajo las orugas de los tanques, tengo que beber”, les dijo a Lidija, Ilma y Magdalēna cuando ellas le pidieron que regresara a su casa.
Faltaría solo mencionar a Christian, producto de la violación de Kārlis en la villa de su abuela, y a Lidija, a quien todos llamaban Duks, nieta de Magdalēna, así como recordar a Mabel, para completar el entretejido de heridas abiertas durante aquellos años también oscuros para la fe en la dignidad humana —ese valor incondicional que nos reconocemos unos a otros y que, con independencia de cualquier rasgo o circunstancia, confiere a cada cual el derecho a ser respetado como un fin en sí mismo, de acuerdo con la definición del filósofo catalán Norbert Balbeny—. Siguieron tiempos más luminosos, pero no dejaron de escucharse ecos del abismo donde había agonizado la idea generosa del hombre: la novela concluye con Duks lavando a una vieja indigente, de piel amarillenta, cara hinchada, hígado destrozado y olor insoportable en una habitación de hospital que parece una cocina o morgue en desuso.






