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Samanta Schweblin, sus muchos mundos

  • Foto del escritor: Francisco Vallenilla
    Francisco Vallenilla
  • 22 dic 2025
  • 12 Min. de lectura

Actualizado: 13 feb

El buen mal, de Samanta Schweblin

Ha seguido el método de Virginia Woolf y sus pies tocan el suelo mohoso. Al cabo de un tiempo que no puede precisar, su cuerpo sufre algunos espasmos: el reclamo del elemento inexistente en ese entorno denso y tornasolado. Pero no siente pánico y más bien le sorprende la serenidad que la embarga. ¿Cómo es posible vencer al más básico de los instintos con tanta lucidez y tranquilidad? No lo sabe, al igual que no ha podido comprender y expresar tantas cosas de su vida. Se pregunta cuánto tardará en perder el conocimiento, aunque no espera ese momento y desata el nudo de la cuerda; las piedras provocan con su caída un terremoto en miniatura y se despega levemente del fondo. La pérdida del lastre es insuficiente para subir del todo y entiende que necesitará esforzarse. Cuando al final se impulsa, no lo hace tanto por la desesperación de volver a respirar como por el temor a quedar suspendida: es ahora cuando ha sentido miedo: “… ¿y si esto es todo? Dudar suspendida el resto de la eternidad: (…) No ser capaz de avanzar ni de retroceder, nunca más, en ninguna dirección”.

 

La escritora inglesa no se deshizo de las piedras y sus demonios se unieron a la corriente del Ouse para disolverse en el Canal de la Mancha. Al contrario, ella retorna a la superficie y, ya parada sobre el muelle de madera, la doblan las arcadas del vómito, pero es el puro reflejo del cuerpo al estar de vuelta en su medio natural porque no expulsa agua. Como si el líquido que antes ha llenado sus pulmones ahora también formara parte del peso interno, indescriptible pese a ser casi físico, que la mantiene hundida cada día. Estremecida, logra caminar hasta su casa y, luego de guardar las tres cartas que había dejado en la cocina y cambiarse la ropa mojada, se dispone a preparar el almuerzo. Su esposo llega con las dos niñas y ninguno de ellos nota que está temblando y que batir los huevos para las omelettes le supone un esfuerzo descomunal, superior al que la hurtó de las aguas del lago hace apenas un rato. Sus hijas sí advierten, al abrazarla, que huele a podrido, como a barro sucio, pero es una observación que se desvanece rápidamente porque están excitadas por Tonel, el gordo conejo de la escuela que deben cuidar hasta el jueves. La visión de sus hijas comiendo y el placer de las cosquillas que le hace Tonel al olisquearle los pies la convencen de que todo está en orden. “Mami, ¿estás contenta? ¡Tonel! ¡Tonel! ¡Mami está contenta!”, exclama la menor. “Pero comer ya sería demasiado, ¿no?”, ironiza su marido, quien se ha percatado de su plato intacto. Antes, sorprendida por la naturalidad con que el animal se mueve por la casa, ella no ha podido evitar pensar: “Si Tonel es un viajero experto en nuevos territorios, yo soy esta mujer anclada siempre en el mismo lugar”.

 

A Tonel, mientras no perciba el riesgo de ser devorado, tanto le da estar dentro o fuera de la casa y ha salido por el ventanal trasero, que ella ha dejado abierto después del almuerzo. Ella y la mayor, su esposo y la menor, conforman los equipos para recorrer el adinerado vecindario. Cuando ya lo dan por perdido y el padre, quien no se ha despegado ni un minuto de su móvil, propone comprar otro, ven a su vecino, quien trae a Tonel agarrado por las orejas. De la misma forma lo asirá ella horas después, cuando todos duermen, para llevarlo hasta el lavaplatos. ¿Causará suficiente dolor y sentirá bastante culpa como para mantenerse a flote? ¿Es así como funciona, no el amor de sus hijas ni la buena casa, sino pilotes de daño para sostener el puente con los otros y vencer las ganas del cuerpo de querer correr otra vez hacia el lago? Según el hombre de al lado, a quien siempre ha tomado por cazador, sí. Es la única manera de aguantar cada día, le ha dicho él esa tarde, ocupado en su porche desollando liebres.

 

“Bienvenida a la comunidad” es el cuento que abre El buen mal (2025), de Samanta Schweblin. Un relato sobre alguien a quien los engaños del mundo social (una hermosa casa en un barrio de clase acomodada, un marido exitoso aunque distante, la maternidad amorosa…) ya no le hacen olvidar que hay una soledad que no puede ser aliviada por los otros: la soledad esencial intrínseca a la condición humana. El estado trágico en el que se puede llegar a descubrir lo más genuino de cada uno, pero no lograr comunicar ese todo constitutivo a nadie más que a sí mismo.

 

Hace más de medio siglo que el psiquiatra español Carlos Castilla del Pino (La incomunicación, 1970) advirtió que en el “encuentro entre dos personas la comunicación se verifica a modo de esferas tangentes, que contacta cada una respecto de la otra por la periferia del Yo de cada cual”. La imposibilidad de satisfacer el deseo de querer decir más al otro tropieza, en primer lugar, con la precariedad de la propia herramienta a utilizar para ese fin: el lenguaje: “… la reducción de lo vivenciado a lo pensado y, posteriormente, la concreción de lo pensado en lo denominable, son dos de las limitaciones impuestas desde dentro del ser humano en favor de la comunicación de algo, a la vista de la incomunicación de la totalidad de una experiencia adquirida”. En el camino que va de la vivencia a lo dicho, se forma un quantum no organizable en lenguaje común y, por ende, incomunicable mediante la palabra. Además, en la dialéctica entre la necesidad de decir algo —propio, exclusivo de mí— y la posibilidad real de decirlo, hay que contar también con que cada sociedad permite hablar de unas cosas y otras no. Así, con el limitado medio al alcance y las restricciones propias de la formación sociohistórica de la que se es parte, no puede más que aspirarse a una comunicación parcial. Al mero entendimiento, siguiendo a Castilla del Pino, pues entenderse sólo exige la comprensión de lo comunicado, pero no que lo comunicado sea todo lo comunicable.

 

Con todo, la comunicación defectuosa “aparece compensada por la ventaja que supone, en el extremo opuesto, el que lo poco que pueda ser comunicado pueda sin embargo ser entendido”. En “Bienvenida a la comunidad”, cuando conversa con su vecino, ella está aturdida, confundida, y apenas si puede articular frases completas, de modo que expresa incluso menos de lo que es capaz, pero él la entiende, sabe de lo que habla y por eso se permite las palabras con que se titula el cuento.

 

En cambio, la compensación mencionada por el autor español no se encuentra siquiera en “El ojo en la garganta”. Él tiene dos años cuando está explorando el mundo en la sala de su abuela paterna, quien se encuentra conversando con su padre en el comedor. Como todo niño a esa edad, golpea, chupa, muerde cuanto se pone a su alcance y esta vez se ha tragado una pila botón. Al principio, no parece que ocurra nada más allá del susto, pues ha logrado superar la asfixia momentánea y solo resta estar atentos a que la expulse en una de sus deposiciones. Pero esa misma noche comienza la tos y al día siguiente amanece afónico, luego tiene algo de fiebre y dificultades para respirar. Hasta que una radiografía revela, suspendida entre sus clavículas, una circunferencia perfecta. “La humedad interna del cuerpo ha puesto en marcha la corriente de la batería (…) El litio, oculto en su corazón metálico, ha sido liberado. Las cuerdas vocales están dañadas y hay lesiones en la laringe, por el reflujo”. Lo que sigue son varias operaciones que desembocan en una traqueotomía. “Mientras que los chicos de mi edad comienzan a jugar con palabras más complejas, descubren la fuerza del tono y el lujo de los silencios intencionales, yo pierdo para siempre las pocas palabras que había aprendido”.

 

Toca la protuberancia de plástico, un poco más abajo de su garganta, y no le asusta. Es verdad que es incapaz de prever todas las consecuencias de lo que le ha ocurrido, pero sí se da cuenta de que se ha vuelto invisible para su padre, quien, agobiado por la culpa de su descuido, solo parece tener ojos para vigilar que nada más que aire entre por el orificio artificial que tiene su cuerpo. “… el problema no es que no puedo hablar, el problema es que, si yo no hablo, él no me mira”. La metáfora con que Schweblin ilustra la total incomunicación entre padre e hijo son las llamadas telefónicas nocturnas a la casa, que si son atendidas por su papá, nadie responde al otro lado, y que se sucederán por casi veinte años.

“Resaltemos también que, cuando hablamos de otros universos, no nos referimos a universos a millones de años luz del nuestro. Son realidades diferentes que coexisten en el mismo tiempo y lugar”

En ambos cuentos, la escritora argentina se vale del presente histórico o narrativo, el cual, sumado al punto de vista en primera persona, le permite transmitir una sensación cercana y vívida de las experiencias límite de sus personajes. Pero hay una sutileza en su empleo (quizá porque escribe frases como “Me acuerdo del miedo que tengo de dejar de batir” o debido a la minuciosidad descriptiva de “El ojo en la garganta”) que crea la impresión de que la mujer del lago y el niño de la pila, aunque están recordando hechos que protagonizaron, al mismo tiempo parecieran ser testigos externos de lo evocado. Es un desdoblamiento del que no son conscientes los personajes, sino el lector, quien a propósito de notar esa dualidad termina pensando en la física cuántica.

 

La teoría cuántica postula cosas tan irrazonables e inadmisibles para el sentido común que la mayoría podría tomarla como un ejemplo de ficción literaria, si ignorara la evidencia de que sus descubrimientos están detrás de tecnologías cotidianas, como la geolocalización por GPS, el láser, la resonancia magnética o guardar fotos en una memoria USB. De acuerdo con una interpretación de esa teoría, la realidad no es más que un campo de probabilidades, que solo colapsa en una posibilidad concreta cuando entra en juego la mirada de un observador. “La observación, al parecer —y esto es lo que nadie puede explicar—, marca un momento de quiebre, como si en ese instante, y sólo en ese instante, una determinada partícula pasara de tener una existencia difusa, de ser una especie de potencialidad aún no concretada, a materializarse en un punto específico” (El día que inventamos la realidad, 2025, de Javier Argüello).

 

Esta es la llamada formulación de Copenhague de la mecánica cuántica y tiene sus propias debilidades, apunta por su parte el físico español Alberto Casas (La revolución cuántica, 2022). Alternativa a ella, entre varias más, está la interpretación de los muchos mundos. “En la teoría de los muchos mundos, el colapso de los estados es una ilusión producida por la bifurcación de universos en todas las alternativas, unida al hecho de que nosotros solo contemplamos uno de esos universos. Más exactamente: cada una de las copias en que nos desdoblamos observa un universo distinto (…) Resaltemos también que, cuando hablamos de otros universos, no nos referimos a universos a millones de años luz del nuestro. Son realidades diferentes que coexisten en el mismo tiempo y lugar”. Es decir, el colapso determinado por un observador en específico no cancela los demás colapsos posibles, aunque resultan inobservables para ese observador en particular. Según esta hipótesis, una vez que se acaban realizando todas las posibilidades del estado cuántico, no hay interacción entre los distintos universos ni manera de que se afecten unos a otros.

 

En “Bienvenida a la comunidad” y “El ojo en la garganta”, esa imposibilidad existe para los personajes pero no para el lector, a quien Schweblin le sugiere que se plantee la bifurcación: en un universo, la mujer y el niño recuerdan lo que les ha ocurrido; en otro, ni ella se ha tirado al agua ni él se ha tragado nada, pero igual son presas del pavor al mirar el universo en el que sí han corrido riesgo de muerte. La sugerencia de desdoblamiento, por lo demás, es lo que mantiene a los cuentos dentro del registro fantástico —donde al lado de una representación de la realidad cotidiana se presentan hechos imposibles o difíciles de explicar por la razón—, característico de la autora. Si no, serían relatos maravillosos, ante los cuales no se duda entre explicaciones naturales o sobrenaturales, sino que se acepta de entrada el presupuesto de lo inverosímil. Para el caso, que alguien razone con absoluta calma mientras tiene los pulmones llenos de agua o que un niño de dos años recuerde con total nitidez cosas que le sucedieron cuando, según toda la evidencia científica disponible, su sistema de memoria autobiográfica se encuentra en estado embrionario.

“Lo único que había hecho a conciencia en Buenos Aires, antes de decidirme a viajar, era esperar horrorizada a encontrármelo muerto (…) Me asustaba la idea de su cuerpo ya sin él (…) Pero sobre todo me asustaba la sospecha de que, si Andrés se moría, yo podría morirme con él”

La portada de El buen mal está ilustrada por una liebre bicéfala y, según la clave interpretativa con la que el lector viene disfrutando el libro de Schweblin en este domingo de sol tímido, esa imagen sería écfrasis invertida de los dos cuentos comentados hasta aquí, pues sintetiza la idea de un único observador capaz de dos dimensiones de la mirada. Pero asimismo valdría para otro par de relatos del libro, “Un animal fabuloso” y “William en la ventana”, en los cuales los personajes se ven ante el vacío afectivo por la pérdida de un ser amado y la duplicidad se insinúa como sustitución, en el primero, y correlación en el segundo.  

 

En “Un animal fabuloso”, en Lyon, donde reside, Leila recibe desde Buenos Aires una llamada de Elena, casi veinte años después de que el hijo de esta, Peta, a sus siete años, muriera al caer desde el primer piso de la casa. No se han visto ni hablado desde entonces y Elena se comunica ahora porque le queda menos de un mes de vida y desea oír a alguien hablar sobre él: no a cualquiera, sino a quien fue la última persona en verlo con vida. Leila, Elena y su esposo, Alberto, se conocían desde la universidad y ella se había ido al exterior a poco de graduarse. Durante la visita que les hacía aquella noche, a petición de ellos, Leila acompañó a Peta a su habitación para asegurarse de que se cepillara los dientes y se acostara. Era un niño estupendo, con mucho talento para el dibujo y un pensamiento original. No quería ser arquitecto, como sus padres y la propia Leila, sino un caballo. Era la segunda vez en pocas horas que se topaba con un caballo, pues, de camino al domicilio de sus amigos, había visto un pobre bruto, flaco pero de panza inmensa, con peladuras alrededor de las correas, que arrastraba un carro cargado de colchones. Estuvo tan cerca de la ventanilla del taxi que podría haberlo tocado. No lo hizo, pero el animal sí volteó su cabeza para mirarla “con esos grandes ojos oscuros”. Leila no tuvo ocasión de contar a Elena y Alberto lo conversado y hecho en la habitación de Peta porque lo siguiente que ocurrió fue la caída y ella, después de llamar a la ambulancia, salió de la casa; escuchó desde la calle el desgarrado grito de su amiga y luego vio a ambos ir detrás de una camilla. A los tres días, en el entierro, solo un abrazo a cada uno y el inicio del hiato que termina con la llamada de este día.

 

Leila le cuenta lo sucedido en el cuarto, pero su amiga desconoce aún lo ocurrido a ella esa misma noche más allá del accidente, de modo que al principio no entiende por qué Elena le pregunta dónde está el caballo.

 

—El caballo —digo haciendo tiempo, tratando de entender este último pedido. Busco desesperada, entre los recuerdos de Argentina, un lugar donde haya un caballo que se pueda abrazar.

 

—Leila…

 

—Sí, claro —digo—. Sí. ¿Tenés para anotar?

 

En “William en la ventana”, dos escritoras, una argentina y la otra irlandesa, coinciden en Shanghái, invitadas —junto a otros ocho autores extranjeros— por la asociación de escritores de la ciudad china. La suramericana está tratando de finalizar una novela en la cual una madre no puede acercarse a su hija pequeña sin que esta grite como si la estuvieran acuchillando. La europea, entretanto, se encuentra enfrascada en la continuación de su primera y exitosa novela acerca de su empleada doméstica serbia. Esos encuentros deberían servir para impulsar la escritura, pero en ambas late un temor de lejanísimo epicentro que de alguna forma las paraliza. La primera ha viajado justo en los días en los que a su esposo le están haciendo exámenes médicos que no auguran nada bueno: “Lo único que había hecho a conciencia en Buenos Aires, antes de decidirme a viajar, era esperar horrorizada a encontrármelo muerto (…) Me asustaba la idea de su cuerpo ya sin él (…) Pero sobre todo me asustaba la sospecha de que, si Andrés se moría, yo podría morirme con él”. La segunda, recibe en Shanghái la noticia de que Brian, su pareja, ha debido llevar a William al veterinario porque alguien en su vecindario, en las cercanías de Dublín, lo ha envenenado: “Yo sí quiero a mi marido, no es que no lo quiera. Pero William es todo lo que tengo”, le confiesa a la argentina, y también: “No soy de las mujeres que temen divorciarse. Si eso es lo que quisiera, lo haría de inmediato. Pero el gato es de él. Y no puedo vivir sin el gato”.

 

El cuento se resuelve de una forma imposible de describir sin hacer espóiler, pero se puede referir que, a veces, poderosas conexiones emocionales se establecen, en poquísimo tiempo, entre quienes apenas unas horas antes eran perfectos desconocidos o, si se prefiere, regresar a la física cuántica: hay tres fuerzas fundamentales que rigen el comportamiento de las partículas subatómicas. La más conocida es la electromagnética, que en distancias cortas es muchísimo más intensa que la gravedad. Puede operar en dos direcciones, ser tanto atractiva como repulsiva. Las otras dos fuerzas son más difíciles de detectar porque solo operan en el interior del núcleo atómico. Una de ellas causa radiación; es la llamada fuerza nuclear débil. Igual puede atraer y repeler, pero solo lo hace en distancias muy cortas. Y luego está la fuerza nuclear fuerte, la más poderosa de todas: es la que se encarga de mantener las partículas unidas en el interior del núcleo. Lo interesante de la fuerza fuerte es que, al contrario del electromagnetismo, no disminuye con la distancia, sino que aumenta.


(El buen mal incluye dos relatos más: “La mujer de Atlántida” y “El Superior hace una visita”).

 

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