Ojos siempre abiertos
- Francisco Vallenilla

- 7 feb
- 2 Min. de lectura
Actualizado: 20 feb
300 palabras sobre El bosque de la noche, de Djuna Barnes

De niños, creemos que el mundo existe porque lo vemos, así que basta con cerrar los ojos para hacer desaparecer su caos y sus manifestaciones atemorizantes. De adultos, en cambio, quizá prefiramos mantenerlos siempre abiertos, pues más nos amedrenta la perspectiva de encontrarnos a solas en la oscuridad de nuestro interior, un lugar acaso poblado por monstruos más aterradores que los del exterior: ser insomnes, como los personajes de El bosque de la noche (1936), de la escritora estadounidense Djuna Barnes. En su desesperada vigilia, Félix Volkbein vivía obsesionado por algo que él llamaba la “vieja Europa”, se autodenominaba barón y buscaba hacerse un lugar entre los restos de la aristocracia y la realeza: “Con la furia del fanático, trataba de subsanar su propia descalificación, recomponiendo la osamenta de olvidadas cortes imperiales”. El doctor Matthew O'Connor, atribulado por sus íntimos secretos, era un insomne verborreico: “Sus invenciones parecían ser la trama de un plan olvidado pero imponente; una condición de vida de la que él era el único exponente que quedaba”. Jenny Patherbridge, cuatro veces viuda y adinerada, conseguía mantenerse despierta apropiándose de cuanto podía a su alrededor; todo lo suyo, objetos y afectos, era de segunda mano: “Tenía una constante rapacidad por los hechos de las vidas ajenas”. Nora Flood, que robaba de sí para dar a todos los demás y cuando quería recordar las traiciones ya era tarde porque había sido otra vez defraudada, trasnochaba presa de una atormentada espera que la apartaba de sí misma. A todos ellos los relaciona Robin Vote, la joven inasible que declaraba no querer estar aquí, pese a no saber a dónde deseaba ir: protegida por brazos sucesivos de mujeres, solo atinaba a vagar por la nocturna ciudad de París como todos los demás, a quienes atrapaba en su particular sueño indeseado.






